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ATANASIO, OBISPO, A LOS
HERMANOS EN EL EXTRANJERO
Excelente es la rivalidad en la
que ustedes han entrado con los monjes de Egipto, decididos como
están a igualarlos o incluso a sobrepasarlo en su práctica de la
vida ascética. De hecho ya hay celdas monacales en su tierra y
el nombre de monje se ha establecido por sí mismo. Este
propósito de ustedes es, en verdad, digno de alabanza, ¡y logren
sus oraciones que Dios lo cumpla!
Ustedes me pidieron un relato
sobre la vida de san Antonio: quisieran saber como llegó a la
vida ascética, que fue antes de ello, como fue su muerte, y si
lo que se dice de él es verdad. Piensan modelar sus vida según
el celo de su vida. Me alegro mucho de aceptar su petición, pues
también saco yo provecho y ayuda del solo del solo recuerdo de
Antonio, y presiento que también ustedes, después de haber oído
su historia, no sólo van a admirar al hombre, sino que querrán
emular su resolución en cuanto les sea posible. Realmente, para
los monjes la vida de Antonio es modelo ideal de vida ascética.
Así, no desconfíen de los relatos
que han recibido de otros de él, sino que estén seguro de que,
al contrario, han oído muy poco todavía. En verdad, poco les han
contado, cuando hay tanto que decir. Incluso yo mismo, con todo
lo que les cuente por carta, les voy a transmitir sólo algunos
de los recuerdos que tengo de él. Ustedes, por su parte, no
dejen de preguntar a todos los viajeros que lleguen desde acá.
Así, tal vez, con lo que cada uno cuente de lo que sepa, se
tendrá un relato que aproximadamente le haga justicia.
Bien, cuando recibí su carta quise
mandar a buscar a algunos monjes, en especial los que estuvieron
unidos con él más estrechamente. Así yo habría aprendido
detalles adicionales y podría haber enviado un relato completo.
Por el tiempo de navegación ya pasó y el hombre del correo se
está poniendo impaciente. Por eso me apresuro a escribir lo que
yo mismo ya sé –porque lo vi con frecuencia–, y lo que pude
aprender del que fue su compañero por un largo período y vertía
agua de sus manos. Del comienzo al fin he considerado
escrupulosamente la verdad: no quiero que nadie rehúse creer
porque lo que haya oído le parezca excesivo, ni que mire en
menos a hombre tan santo porque lo que haya sabido no le parezca
suficiente.

NACIMIENTO Y JUVENTUD DE
ANTONIO
Antonio fue egipcio de nacimiento.
Sus padres eran de buen linaje y acomodados. Como eran
cristianos, también el mismo creció. Como niño vivió con sus
padres, no conociendo sino su familia y su casa; cuando creció y
se hizo muchacho y avanzó en edad, no quiso ir a la escuela,
deseando evitar la compañía de otros niños, su único deseo era,
como dice la Escritura acerca de Jacob (Gn 25,27), llevar una
simple vida de hogar. Por su puesto iba a la iglesia con sus
padres, y ahí no mostraba el desinterés de un niño ni el
desprecio de los jóvenes por tales cosas. Al contrario,
obedeciendo a sus padres, ponía atención a las lecturas y
guardaba cuidadosamente en su corazón el provecho que extraía de
ellas. Además, sin abusar de las fáciles condiciones en que
vivía como niño, nunca importunó a sus padres pidiendo una
comida rica o caprichosa, ni tenía placer alguno en cosas
semejantes. Estaba satisfecho con lo que se le ponía delante y
no pedía más.

LA VOCACIÓN DE ANTONIO Y
SUS PRIMEROS PASOS EN LA VIDA MONÁSTICA
Después de la muerte de sus padres
quedó solo con una única hermana, mucho mas joven. Tenía
entonces unos dieciocho o veinte años, y tomó cuidado de la casa
y de su hermana. Menos de seis meses después de la muerte de sus
padres, iba, como de costumbre, de camino hacia la iglesia.
Mientras caminaba, iba meditando y reflexionaba como los
apóstoles lo dejaron todo y siguieron al Salvador (Mt 4,20;
19,27); cómo, según se refiere en los Hechos (4,35-37), la gente
vendía lo que tenía y lo ponía a los pies de los apóstoles para
su distribución entre los necesitados; y que grande es la
esperanza prometida en los cielos a los que obran así (Ef 1,18;
Col 1,5). Pensando estas cosas, entró a la iglesia. Sucedió que
en ese momento se estaba leyendo el pasaje, y se escuchó el
pasaje en el que el Señor dice al joven rico: Si quieres ser
perfecto, vende lo que tienes y dáselo a los pobres; luego ven,
sígueme, y tendrás un tesoro en el cielo (Mt 19,21). Como si
Dios le hubiese puesto el recuerdo de los santos y como si la
lectura hubiera sido dirigida especialmente a él, Antonio salió
inmediatamente de la iglesia y dio la propiedad que tenía de sus
antepasados: 80 hectáreas, tierra muy fértil y muy hermosa. No
quiso que ni él ni su hermana tuvieran ya nada que ver con ella.
Vendió todo lo demás, los bienes muebles que poseía, y entregó a
los pobres la considerable suma recibida, dejando sólo un poco
para su hermana.
Pero de nuevo, entró en la
iglesia, escuchó aquella palabra del Señor en el Evangelio: No
se preocupen por el mañana (Mt 6,34). No pudo soportar mayor
espera, sino que fue y distribuyó a los pobres también esto
último. Colocó a su hermana donde vírgenes conocidas y de
confianza, entregándosela para que fuese educada. Entonces él
mismo dedico todo su tiempo a la vida ascética, atento a sí
mismo, cerca de su propia casa. No existían aún tantas celdas
monacales en Egipto, y ningún monje conocía siquiera el lejano
desierto. Todo el que quería enfrentarse consigo mismo sirviendo
a Cristo, practicaba la vida ascética solo, no lejos de su
aldea. Por aquel tiempo había en la aldea vecina un anciano que
desde su juventud llevaba la vida ascética en la soledad. Cuando
Antonio lo vio, "tuvo celo por el bien" (Gl 4,18), y se
estableció inmediatamente en la vecindad de la ciudad. Desde
entonces, cuando oía que en alguna parte había un alma que se
esforzaba, se iba, como sabia abeja, a buscarla y no volvía sin
haberla visto; sólo después de haberla recibido, por decirlo
así, provisiones para su jornada de virtud, regresaba.
Ahí, pues, pasó el tiempo de su
iniciación y afirmó su determinación de no volver mas a la casa
de sus padres ni de pensar en sus parientes, sino de dedicar
todas sus inclinaciones y energías a la práctica continua de la
vida ascética. Hacía trabajo manual, pues había oído que "el que
no quiera trabajar, que tampoco tiene derecho a comer" (2 Ts
3,10). De sus entradas guardaba algo para su manutención y el
resto lo daba a los pobres. Oraba constantemente, habiendo
aprendido que debemos orar en privado (Mt 6,6) sin cesar (Lc
18,1; 21,36; 1 Ts 5,17). Además estaba tan atento a la lectura
de la Escritura, que nada se le escapaba: retenía todo, y así su
memoria le serví en lugar de libros.
Así vivía Antonio y era amado por
todos. El, a su vez, se sometía con toda sinceridad a los
hombres piadosos que visitaba, y se esforzaba en aprender
aquello en que cada uno lo aventajaba en celo y práctica
ascética. Observaba la bondad de uno, la seriedad de otro en la
oración; estudiaba la apacible quietud de uno y la afabilidad de
otro; fijaba su atención en las vigilias observadas por uno y en
los estudios de otros; admiraba a uno por su paciencia, y a otro
por ayunar y dormir en el suelo; miraba la humildad de uno y la
abstinencia paciente de otro; y en unos y otros notaba
especialmente la devoción a Cristo y el amor que se tenían
mutuamente.
Habiéndose así saciado, volvía a
su propio lugar de vida ascética. Entonces hacía suyo lo
obtenido de cada uno y dedicaba todas sus energías a realizar en
sí mismo las virtudes de todos. No tenía disputas con nadie de
su edad, pero tampoco quería ser inferior a ellos en lo mejor; y
aún esto lo hacía de tal modo que nadie se sentía ofendido, sino
que todos se alegraban por él. Y así todos los aldeanos y los
monjes con quienes estaba unido, vieron que clase de hombre era
y lo llamaban "el amigo de Dios" amándolo como hijo o hermano.

PRIMEROS COMBATES CON LOS
DEMONIOS
Pero el demonio que odia y envidia
lo bueno, no podía ver tal resolución en un hombre joven, sino
que se puso a emplear sus viejas tácticas contra él. Primero
trató de hacerlo desertar de la vida ascética recordándole su
propiedad, el cuidado de su hermana, los apegos de su parentela,
el amor al dinero, el amor a la gloria, los innumerables
placeres de la mesa y de todas las cosas agradables de la vida.
Finalmente le hizo presente la austeridad de todo lo que va
junto con esta virtud, despertó en su mente toda una nube de
argumentos, tratando de hacerlo abandonar su firme propósito.
El enemigo vio, sin embargo, que
era impotente ante la determinación de Antonio, y que más bien
era él que estaba siendo vencido por la firmeza del hombre,
derrotado por su sólida fe y su constante oración. Puso entonces
toda su confianza en las armas que están "en los músculos de su
vientre" (Job 40,16). Jactándose de ellas, pues son su artimaña
preferida contra los jóvenes, atacó al joven molestándolo de
noche y hostigándolo de día, de tal modo que hasta los que lo
veían a Antonio podían darse cuenta de la lucha que se libraba
entre los dos. El enemigo quería sugerirle pensamientos sucios,
pero el los disipaba con sus oraciones; trataba de incitarlo al
placer, pero Antonio, sintiendo vergüenza, ceñía su cuerpo con
su fe, con sus oraciones y su ayuno. El perverso demonio
entonces se atrevió a disfrazarse de mujer y hacerse pasar por
ella en todas sus formas posibles durante la noche, sólo para
engañar a Antonio. Pero él llenó sus pensamientos de Cristo,
reflexionó sobre la nobleza del alma creada por El, y sobre la
espiritualidad, y así apagó el carbón ardiente de la tentación.
Y cuando de nuevo el enemigo le sugirió el encanto seductor del
placer, Antonio, enfadado, con razón, y apesadumbrado, mantuvo
sus propósitos con la amenaza del fuego y del tormento de los
gusanos ( Js 16,21; Sir 7,19; Is 66,24; Mc 9,48). Sosteniendo
esto en alto como escudo, pasó a través de todo sin ser
doblegado.
Toda esa experiencia hizo
avergonzarse al enemigo. En verdad, él, que había pensado ser
como Dios, hizo el loco ante la resistencia de un hombre. El,
que en su engreimiento desdeñaba carne y sangre, fue ahora
derrotado por un hombre de carne en su carne. Verdaderamente el
Señor trabajaba con este hombre, El que por nosotros tomó carne
y dio a su cuerpo la victoria sobre el demonio. Así, todos los
que combaten seriamente pueden decir: No yo, sino la gracia de
Dios conmigo (1 Co 15,10).
Finalmente, cuando el dragón no
pudo conquistar a Antonio tampoco por estos últimos medios sino
que se vio arrojado de su corazón, rechinando sus dientes, como
dice la Escritura (Mc 9,17), cambio su persona, por decirlo así.
Tal como es en su corazón, así se le apreció: como un muchacho
negro; y como inclinándose ante él, ya no lo acosó más con
pensamientos –pues el impostor había sido echado fuera–, sino
que usando voz humana dijo: "A muchos he engañado y a muchos he
vencido; pero ahora que te he atacado a ti y a tus esfuerzos
como lo hice con tantos otros, me he demostrado demasiado
débil".
¿Quién eres tú que me hablas así?,
preguntó Antonio.
El otro se apresuró a replicar con
voz gimiente: Soy el amante de la fornicación. Mi misión es
acechar a la juventud y seducirla; me llaman el espíritu de la
fornicación. ¡A cuantos no he engañado, que estaban decididos a
cuidar de sus sentidos! ¡A cuántas personas castas no he
seducido con mis lisonjas! Yo soy aquel por cuya causa el
profeta reprocha a los caídos: Ustedes fueron engañados por el
espíritu de la fornicación (Os 4,12). Sí, yo fui quien los hice
caer. Yo soy el que tanto te molesté y que tan a menudo fui
vencido por C,],LD". Antonio dio gracias al Señor y armándose de
valor contra él, dijo: Entonces eres enteramente despreciable;
eres negro en tu alma y tan débil como un niño. En adelante ya
no me causas ninguna preocupación, porque el señor esta conmigo
y me auxilia, ver la derrota de mis adversarios (Sal 117,7).
Oyendo esto, el negro desapareció
inmediatamente, inclinándose a tales palabras y temiendo
acercarse al hombre.
ANTONIO AUMENTA SU
AUSTERIDAD
Esta fue la primera victoria de
Antonio sobre el demonio; más bien, digamos que este singular
éxito de Antonio fue el del Salvador, que condenó el pecado en
la carne, a fin de que la justificación de la ley se cumpliera
en nosotros, que vivimos no según la carne sino según el
espíritu (Rm 8,3-4). Pero Antonio no se descuidó ni se creyó
garantido por sí mismo por el hecho de que el demonio hubiera
sido echado a sus pies; tampoco el enemigo, aunque vencido en el
combate, dejó de estar al acecho de él. Andaba dando vueltas
alrededor, como un león (1 P 5,8), buscando una ocasión en su
contra. Pero Antonio habiendo aprendido en las Escrituras que
los engaños del maligno son diversos (Ef 6,11), practicó
seriamente la vida ascética, teniendo en cuenta que aun si no se
podía seducir su corazón con el placer del cuerpo, trataría
ciertamente de engañarlo por algún otro método, porque el amor
del demonio es el pecado. Resolvió por eso, acostumbrarse a un
modo mas austero de vida. Mortificó su cuerpo más y más, y lo
puso bajo la sujeción, no fuera que habiendo vencido en una
ocasión, perdiera en otra (1 Co 9,27). Muchos se maravillaron de
sus austeridades, pero él mismo las soportaba con facilidad. El
celo que había penetrado en su alma por tanto tiempo, se
transformó por la costumbre segunda naturaleza, de modo que aun
la menor inspiración recibida de otros lo hacía responder con
gran entusiasmo. Por ejemplo, observaba las vigilias nocturnas
con tal determinación que a menudo pasaba toda la noche sin
dormir, y eso no sólo una sino muchas veces, para admiración de
todos. Así también comía una sola vez al día, después de la
caída del sol; a veces cada dos días, y con frecuencia tomaba su
alimento cada dos días. Su alimentación consistía en pan y sal;
como bebida tomaba solo agua. No necesitamos mencionar carne o
vino, porque tales cosas tampoco se encuentran entre los demás
ascetas. Se contentaba con dormir sobre una estera, aunque lo
hacía regularmente sobre el suelo desnudo.
Despreciaba el uso de ungüentos
para el cutis, diciendo que los jóvenes debían practicar la vida
ascética con seriedad y no andar buscando cosas que ablandan el
cuerpo; debían mas bien acostumbrarse a trabajar duro, tomando
en cuenta las palabras del apóstol: Cuando mas débil soy, mas
fuerte me siento (2 Co 12,10). Decía que las energías del alma
aumentan cuanto más débiles son los deseos del cuerpo.
Estaba además absolutamente
convencido de lo siguiente: pensaba que apreciaría su progreso
en la virtud y su consecuente apartamiento del mundo no por el
tiempo pasado en ello sino por su apego y dedicación. Conforme a
esto, no se preocupaba del paso del tiempo sino que cada día a
día, como si recién estuviera comenzando la vida ascética, hacía
los mayores esfuerzos hacia la perfección. Gustaba repetirse a
si mismo las palabras de san Pablo: Olvidarme de lo que queda
atrás y esforzarme por lo que está delante (Flp 3,13),
recordando también la voz del profeta Elías: Vive el Señor, en
cuya presencia estoy este día (1 Re 17,1; 18,15). Observaba que
al decir este día, no estaba contando el tiempo que había
pasado, sino que, como comenzando de nuevo, trabajando duro cada
día para hacer de sí mismo alguien que pudiera aparecer delante
de Dios: puro de corazón y dispuesto a seguir Su voluntad. Y
acostumbraba a decir que la vida llevada por el gran profeta
Elías debía ser para el asceta como un gran espejo en el cual
poder mirar siempre la propia vida.
ANTONIO SE RECLUYE EN LOS
SEPULCROS: LAS LUCHAS CON LOS DEMONIOS
Así Antonio se dominó a sí mismo.
Entonces decidió mudarse a los sepulcros que se hallan a cierta
distancia de la aldea. Pidió a uno de sus familiares que le
llevaran pan a largos intervalos. Entró entonces en una de las
tumbas, el mencionado hombre cerró la puerta tras él, y así
quedó dentro solo. Esto era más de lo que el enemigo podía
soportar, pues en verdad temía que ahora fuera a llenar también
el desierto con la vida ascética. Así llegó una noche con un
gran número de demonios y lo azotó tan implacablemente que quedó
tirado en el suelo, sin habla por el dolor. Afirmaba que el
dolor era tan fuerte que los golpes no podían haber sido
infligidos por ningún hombre como para causar semejante
tormento. Por la providencia de Dios, porque el Señor no
abandona a los que esperan en El, su pariente llegó al día
siguiente trayéndole pan. Cuando abrió la puerta y lo vio tirado
en el suelo como muerto, lo levantó y lo llevó hasta la Iglesia
y lo depositó sobre el suelo. Muchos de sus parientes y de la
gente de la aldea se sentaron en torno a Antonio como para velar
su cadáver. Pero hacia la medianoche Antonio recobró el
conocimiento y despertó. Cuando vio que todos estaban dormidos y
sólo su amigo estaba despierto, le hizo señas para que se
acercara y le pidió que lo levantara y lo llevara de nuevo a los
sepulcros, sin despertar a nadie.
El hombre lo llevó de vuelta, la
puerta fue trancada como antes y de nuevo que solo dentro. Por
los golpes recibidos estaba demasiado débil como para mantenerse
en pie; entonces oraba tendido en el suelo. Terminada su
oración, gritó: "Aquí estoy yo, Antonio, que no me he acobardado
con tus golpes, y aunque mas me des, nada me separar del amor a
Cristo" (Rm 8,35). Entonces comenzó a cantar: "Si un ejército
acampa contra mí, mi corazón no tiembla" (Sal.26,3).
Tales eran los pensamientos y las
palabras del asceta, pero el que odia el bien, el enemigo,
asombrado de que después de todos los golpes todavía tuviera
valor de volver, llamó a sus perros, y arrebatado de rabia dijo:
"Ustedes ven que no hemos podido detener a este tipo con el
espíritu de fornicación ni con los golpes; al contrario llega a
desafiarnos. Vamos a proceder con él de otro modo".
La función del malhechor no es
difícil para el demonio. Esa noche, por eso, hicieron tal
estrépito que el lugar parecía sacudido por un terremoto. Era
como si los demonios se abrieran paso por las cuatro paredes del
recinto, reventando a través de ellas en forma de bestia y
reptiles. De repente todo el lugar se llenó de imágenes
fantasmagóricas de leones, osos, leopardos, toros, serpientes,
áspides, escorpiones y lobos; cada uno se movía según el
ejemplar que había asumido. El león rugía, listo para saltar
sobre él; el toro ya casi lo atravesaba con sus cuernos; la
serpiente se retorcía sin alcanzarlo completamente; el lobo lo
acometía de frente; y el griterío armado simultáneamente por
todas estas apariciones era espantoso, y la furia que mostraba
era feroz.
Antonio, remecido y punzado por
ellos, sentía aumentar el dolor en su cuerpo; sin embargo yacía
sin miedo y con su espíritu vigilante. Gemía es verdad, por el
dolor que atormentaba su cuerpo, pero su mente era dueña de la
situación, y, como para burlarse de ellos, decía: si tuvieran
poder sobre mí, hubiera bastado que viniera uno solo de ustedes;
pero el Señor les quitó su fuerza, y por eso están tratando de
hacerme perder el juicio con su número; es señal de su debilidad
que tengan que imitar a las bestias". De nuevo tuvo la valentía
de decirles: "Si es que pueden, seis que han recibido el poder
sobre mí, no se demoren, ¡vengan al ataque!. Y si nada pueden,
¿para qué forzarse tanto sin ningún fin? Por que la fe en
nuestro Señor es sello para nosotros y muro de salvación". Así,
después de haber intentado muchas argucias, rechinaron su
dientes contra él, porque eran ellos los que se estaban
volviendo locos y no él.
De nuevo el Señor no se olvidó de
Antonio en su lucha, sino que vino a ayudarlo. Pues cuando miró
hacia arriba, vio como si el techo se abriera y un rayo de luz
bajara hacia él. Los demonios se habían ido de repente, el dolor
de su cuerpo cesó y el edificio estaba restaurado como antes.
Antonio, habiendo notado que la ayuda había llegado, respiró más
libremente y se sintió aliviado en sus dolores. Y preguntó a la
visión: "¿Dónde estaba tú? ¿Por qué no apareciste al comienzo
para detener mis dolores?"
Y una voz le habló: "Antonio, yo
estaba aquí, pero esperaba verte en acción. Y ahora que haz
aguantado sin rendirte, seré siempre tu ayuda y te haré famoso
en todas partes."
Oyendo esto, se levantó y oró; y
fue tan fortalecido que sintió su cuerpo más vigoroso que antes.
Tenía por aquel tiempo unos treinta y cinco años edad.
ANTONIO BUSCA EL DESIERTO Y HABITA
EN PISPIR
Al día siguiente se fue, inspirado
por un celo aún mayor por el servicio de Dios. Fue al encuentro
del anciano ya antes mencionado (3-5) y le rogó que se fuera a
vivir con él en el desierto. El otro declinó la invitación a
causa de su edad y porque tal modo de vivir no era todavía
costumbre. Entonces se fue solo a vivir a la montaña. ¡Pero ahí
estaba de nuevo el enemigo!. Viendo su seriedad y queriendo
frustrarla, proyectó la imagen ilusoria de un disco de plata
sobre el camino. Pero Antonio, penetrando en el ardid del que
odia el bien, se detuvo y, desenmascaró al demonio en él,
diciendo: " ¿Un disco en el desierto? ¿De dónde sale esto?. Esta
no es una carretera frecuentada, y no hay huellas de que haya
pasado gente por este camino. Es de gran tamaño y no puede
haberse caído inadvertidamente. En verdad, aunque se hubiera
perdido, el dueño habría vuelto y lo habría buscado, y
seguramente lo habría encontrado porque es una región desierta.
Esto es engaño del demonio. ¡No vas a frustrar mi resolución con
estas cosas, demonio! ¡Tu dinero perezca junto contigo!" (Hch
8,20). Y al decir esto Antonio, el disco desapareció como humo.
Luego, mientras caminaba, vio de
nuevo, no ya otra ilusión, sino oro verdadero, desparramado a lo
largo del camino. Pues bien, ya sea que al mismo enemigo le
llamó la atención, o si fue un buen espíritu el que atrajo al
luchador y le demostró al demonio de que no se preocupabas ni
siquiera de las riquezas auténticas, él mismo no lo indicó, y
por eso no sabemos nada sino que era realmente oro lo que allí
había. En cuanto a Antonio, quedó sorprendido por la cantidad
que había, pero atravesó por él, como si hubiera sido fuego y
siguió su camino sin volverse atrás. Al contrario, se puso a
correr tan rápido que al poco rato perdió de vista el lugar y
quedó oculto de él.
Así, afirmándose más y más en su
propósito, se apresuro hacia la montaña. En la parte distante
del río encontró un fortín desierto que con el correr del tiempo
estaba plagado de reptiles. Allí se estableció para vivir. Los
reptiles como si alguien los hubiera echado, se fueron de
repente. Bloqueó la entrada, después de enterrar pan para seis
meses –así lo hacen los tebanos y a menudo los panes se
mantienen frescos por todo un año–, y teniendo agua a mano,
desapareció como en un santuario. Quedó allí solo, no saliendo
nunca y no viendo pasar a nadie. Por mucho tiempo perseveró en
esta práctica ascética; solo dos veces al año recibía pan, que
lo dejaba caer por el techo.
Sus amigos que venían a verlo,
pasaban a menudo días y noches fuera, puesto que no quería
dejarlos entrar. Oían que sonaba como una multitud frenética,
haciendo ruidos, armando tumulto, gimiendo lastimeramente y
chillando: "¡Ándate de nuestro dominio! ¿Que tienes que hacer en
el desierto? Tú no puedes soportar nuestra persecución". Al
principio los que estaban afuera creían que había hombres
peleando con él y que habrían entrado por medio de escaleras,
pero cuando atisbaron por un hoyo y no vieron a nadie, se dieron
cuenta que eran los demonios los que estaban en el asunto, y,
llenos de miedo, llamaron a Antonio. El estaba más inquieto por
ellos que por los demonios. Acercándose a la puerta les aconsejó
que se fueran y no tuvieran miedo. Les dijo: "Sólo contra los
miedosos los demonios conjuran fantasmas. Ustedes ahora hagan la
señal de la cruz y vuélvanse a su casa sin temor, y déjenlos que
se enloquezcan ellos mismos".
Entonces se fueron, fortalecidos
con la señal de la cruz, mientras él se quedaba sin sufrir
ningún daño de los demonios. Pero tampoco se fastidiaba de la
contienda, porque la ayuda que recibía de lo alto por medio de
visiones y la debilidad de sus enemigos, le daban gran alivio en
sus penalidades y ánimo para un mayor entusiasmo. Sus amigos
venían una y otra vez esperando, por supuesto, encontrarlo
muerto, pero lo escuchaban cantar: "Se levanta Dios y se
dispersan sus enemigos, huyen de su presencia los que lo odian.
Como el humo se disipa, se disipan ellos; como se derrite las
cera ante el fuego, así perecen los impíos ante Dios" (Sal
67,2). Y también: "Todos los pueblos me rodeaban, en el nombre
del Señor los rechacé" (Sal 117,10).
ANTONIO ABANDONA SU SOLEDAD Y SE
CONVIERTE EN PADRE ESPIRITUAL
Así pasó casi veinte años
practicando solo la vida ascética, no saliendo nunca y siendo
raramente visto por otros. Después de esto, como había muchos
que ansiaban y aspiraban imitar su santa vida, y algunos de sus
amigos vinieron y forzaron la puerta echándolas abajo, Antonio
salió como de un santuario, como un iniciado en los sagrados
misterios y lleno del Espíritu de Dios. Fue la primera vez que
se mostró fuera del fortín a los que vinieron hacia él. Cuando
lo vieron, estaban asombrados al comprobar que su cuerpo
guardaba su antigua apariencia: no estaba ni obeso por falta de
ejercicio ni macilento por sus ayunos y luchas con los demonios:
era el mismo hombre que habían conocido antes de su retiro.
El estado de su alma era puro,
pues no estaba ni encogido por la aflicción, ni disipado por la
alegría, ni penetrado por la diversión o el desaliento. No se
desconcertó cuando vio la multitud ni se enorgulleció al ver a
tantos que lo recibían. Se tenía completamente bajo control,
como hombre guiado por la razón y con gran equilibrio de
carácter.
Por él sanó a muchos de los
presentes que tenían enfermedades corporales y liberó a otros de
espíritus impuros. Concedió también a Antonio el encanto en el
hablar; y así confortó a muchos en sus penas y reconcilió a
otros que se peleaban. Exhortó a todos a no preferir nada en
este mundo al amor de Cristo. Y cuando en su discurso los
exhortó a recordar los bienes venideros y la bondad mostrada a
nosotros por Dios, "que no perdonó a su Hijo, sino que lo
entregó por todos nosotros (Rm 8,32), indujo a muchos a abrazar
la vida monástica. Y así aparecieron celdas monacales en la
montaña y el desierto se pobló de monjes que abandonaban a los
suyos y se inscribían para ser ciudadanos del cielo (Hb 3,20;
12,23).
Una vez tuvo necesidad de cruzar
el canal de Arsinoé –la ocasión fue para una visita a los
hermanos–; el canal estaba lleno de cocodrilos. Simplemente oró,
se metió con todo sus compañeros, y pasó al otro lado sin ser
tocado. De vuelta a su celda, se aplicó con todo celo a sus
santos y vigorosos ejercicios. Por medio de constantes
conferencias encendía el ardor de los que ya eran monjes e
incitaba a muchos otros al amor de la vida ascética; y pronto,
en la medida en que su mensaje arrastraba a hombres a través de
él, el número de celdas monacales se multiplicaba y para todos
era como un padre y guía.
CONFERENCIA DE ANTONIO A LOS
MONJES SOBRE EL DISCERNIMIENTO DE ESPÍRITUS Y EXHORTACIÓN A LA
VIRTUD (16-43)
Un día en que él salió, vinieron
todos los monjes y le pidieron una conferencia. El les habló en
lengua copta como sigue:
"Las Escrituras bastan realmente
para nuestra instrucción. Sin embargo, es bueno para nosotros
alentarnos unos a otros en la fe y usar de la palabra para
estimularnos. Sean, por eso, como niños y tráiganle a su padre
lo que sepan y díganselo, tal como yo, siendo el mas antiguo,
comparto con ustedes mi conocimiento y mi experiencia.
Para comenzar, tengamos todos el
mismo celo, para no renunciar a lo que hemos comenzado, para no
perder el ánimo, para no decir: "Hemos pasado demasiado tiempo
en esta vida ascética". No, comenzando de nuevo cada día,
aumentemos nuestro celo. Toda la vida del hombre es muy breve
comparada con el tiempo que a de venir, de modo que todo nuestro
tiempo es nada comparada con la vida eterna. En el mundo, todo
se vende; y cada cosa se comercia según su valor por algo
equivalente; pero la promesa de la vida eterna puede comprarse
con muy poco. La Escritura dice: "Aunque uno viva setenta años y
el más robusto hasta ochenta, la mayor parte son fatiga inútil"
(Sal 89,10). Si, pues, todos vivimos ochenta años o incluso
cien, en la práctica de la vida ascética, no vamos a reinar el
mismo período de cien años, sino que en vez de los cien
reinaremos para siempre. Y aunque nuestro esfuerzo es en la
tierra, no recibiremos nuestra herencia en la tierra sino lo que
se nos ha prometido en el cielo. Más, aún, vamos a abandonar
nuestro cuerpo corruptible y a recibirlo incorruptible (1 Co
15,42).
Así, hijitos, no nos cansemos ni
pensemos que estamos afanándonos mucho tiempo o que estamos
haciendo algo grande. Pues los sufrimientos de la vida presente
no pueden compararse con la gloria separada que nos ser revelada
(Rm 8,18). No miremos hacia a través, hacia el mundo, que hemos
renunciado a grandes cosas. Pues incluso todo el mundo, y no
creamos que es muy trivial comparado con el cielo. Aunque
fuéramos dueños de toda la tierra y renunciaremos a toda la
tierra, nada sería comparado con el reino de los cielos. Tal
como una persona despreciaría una moneda de cobre para ganar
cien monedas de oro, así es que el dueño de la tierra y renuncia
a ella, da realmente poco y recibe cien veces más (Mt 19,29).
Pues, ni siquiera, toda la tierra equivale el valor del cielo,
ciertamente el que entrega una poca tierra no debe jactarse ni
apenarse; lo que abandona es prácticamente nada, aunque sea un
hogar o una suma considerable de dinero de lo que se separa.
"Debemos además tener en cuenta
que si no dejamos estas cosas por el amor a la virtud, después
tendremos que abandonarlas de todos modos y a menudo también,
como nos recuerda el Eclesiastés" (2,18; 4,8; 6,2), a personas a
las que no hubiéramos querido dejarlas. Entonces, ¿por qué no
hacer de la necesidad virtud y entregarlas de modo que podamos
heredar un reino por añadidura? Por eso, ninguno de nosotros
tenga ni siquiera el deseo de poseer riquezas. ¿De qué nos sirve
poseer lo que no podemos llevar con nosotros? ¿Por qué no poseer
mas bien aquellas cosas que podamos llevar con nosotros:
prudencia, justicia, templanza, fortaleza, entendimiento,
caridad, amor a los pobres, fe en Cristo, humildad,
hospitalidad? Una vez que las poseamos, hallaremos que ellas van
delante de nosotros, preparándonos la bienvenida en la tierra de
los mansos. (Lc 16,9; Mt 5,4)
PERSEVERANCIA Y VIGILANCIA
"Con estos pensamientos cada uno
debe convencerse que no hay que descuidarse sino considerar que
se es servidor del Señor y atado al servicio de su Maestro. Pero
un sirviente no se va atrever a decir: "Ya que trabajé ayer, no
voy a trabajar hoy". Tampoco se va a poner a calcular el tiempo
que se ya ha servido y a descansar durante los día que le quedan
por delante; no, día tras día, como está escrito en el Evangelio
(Lc 12,35-38; 17,7-10; Mt 24,45), muestra la misma buena
voluntad para que pueda agradar a su patrón y no causar ninguna
molestia. Perseveremos, pues, en la práctica diaria de la vida
ascética, sabiendo de que si somos negligentes un solo día, El
no nos va a perdonar en consideración al tiempo anterior, sino
que se va a enojar con nosotros por nuestro descuido. Así lo
hemos escuchado en Ezequiel (Ez 18,24.26; 33,12ss); lo mismo
Judas, que en una sola noche destruyó el trabajo de todo su
pasado.
Por eso, hijos, perseveremos en la
práctica del ascetismo y no nos desalentemos. También tenemos en
esto al Señor que nos ayuda, según la Escritura: "Dios coopera
para el bien" (Rm 8,28) con todo el que elige el bien. Y en
cuanto a que no debemos descuidarnos, es bueno meditar lo que
dice el apóstol: "muero cada día" (1 Co 15,31). Realmente si
nosotros también viviéramos como si en cada nuevo día fuéramos a
morir, no pecaríamos. En cuanto a la cita, su sentido es este:
Cuando nos despertamos cada día, deberíamos pensar que no vamos
a vivir hasta la tarde; y de nuevo, cuando nos vamos a dormir,
deberíamos pensar que no vamos a despertar. Nuestra vida es
insegura por naturaleza y nos es medida diariamente por
Providencia. Si con esta disposición vivimos nuestra vida
diaria, no cometeremos pecado, no codiciaremos nada, no
tendremos inquina a nadie, no acumularemos tesoros en la tierra;
sino que como quien cada día espera morirse, seremos pobres y
perdonaremos todo a todos. Desear mujeres u otros placeres
sucios, tampoco tendremos semejantes deseos sino que le
volveremos las espaldas como a algo transitorio combatiendo
siempre y teniendo ante nuestros ojos el día del juicio. El
mayor temor a juicio y el desasosiego por los tormentos, disipan
invariablemente la fascinación del placer y fortalecen el ánimo
vacilante.
OBJETO DE LA VIRTUD
"Ahora que hemos hecho un comienzo
y estamos en la senda de la virtud, alarguemos nuestros pasos
aún más para alcanzar lo que tenemos delante (Flp 3,13). No
miremos atrás, como hizo la mujer de Lot (Gn 19,26), porque
sobretodo el Señor ha dicho: "Nadie que pone la mano en el arado
y mira hacia atrás, es apto para el reino de los cielos" (Lc
9,62). Y este mirar hacia atrás no es otra cosa sino
arrepentirse de lo comenzado y acordarse de nuevo de lo mundano.
Cuando oigan hablar de la virtud,
no se asusten ni la traten como palabra extraña. Realmente no
está lejos de nosotros ni su lugar está fuera de nosotros; no,
ella está dentro de nosotros, y su cumplimiento es fácil camino
y cruzan el mar para estudiar las letras; pero nosotros no
tenemos necesidad de ponernos en camino por el reino de los
cielos ni de cruzar el mar para alcanzar la virtud. El Señor nos
lo dijo de antemano: "El reino de los cielos está dentro de
nosotros y brota de nosotros". La virtud existe cuando el alma
se mantiene en su estado natural. Es mantenida en su estado
natural cuando queda cuando vino al ser. Y vino al ser limpia y
perfectamente íntegra (Ecl 7,30). Por eso Josué, el hijo de Nun,
exhortó al pueblo con estas palabras: "Mantengan íntegro sus
corazones ante el Señor, el Dios de Israel" (Jos 24,26); y Juan:
"Enderecen sus caminos" (Mt 3,3). El alma es derecha cuando la
mente se mantiene en el estado en que fue creada. Pero cuando se
desvía y se pervierte de su condición natural, eso se llama
vicio del alma.
La tarea no es difícil: si
quedamos como fuimos creados, estamos en estado de virtud, pero
si entregamos nuestra mente a cosas bajas, somos considerados
perversos. Si este trabajo tuviese que ser realizado desde
fuera, sería en verdad difícil; pero dado que está dentro de
nosotros, cuidémonos de pensamientos sucios. Y habiendo recibido
el alma como algo confiado a nosotros, guardémosla para el
Señor, para que el pueda reconocer su obra como la misma que
hizo.
"Luchemos, pues, para que la ira
no sea nuestro dueño ni la concupiscencia nos esclavice. Pues
está escrito 'que la ira del hombre no hace lo que agrada a
Dios'( St 1,20). Y la concupiscencia ' cuando ha concebido, da a
luz el pecado; y de este pecado, cuando esta desarrollado, nace
la muerte (St 1,15). Viviendo esta vida, mantengámonos
cuidadosamente en guardia y, como está escrito, guardemos
nuestro corazón con toda vigilancia (Pr 4,23). Tenemos enemigos
poderosos y fuertes: son los demonios malvados; y contra ellos
'es nuestra lucha', como dice el apóstol, 'no contra gente de
carne y hueso, sino contra las fuerzas espirituales de maldad en
las regiones celestiales, es decir, los que tienen mando,
autoridad y dominio en este mundo oscuro' (Ef 6,12). Grande es
su número en el aire a nuestro alrededor, y no están lejos de
nosotros. Pero la diferencia entre ellos es considerable. Nos
llevaría mucho tiempo dar una explicación de su naturaleza y
distinciones, tal disquisición es para otros más competentes que
yo; lo único urgente y necesario para nosotros ahora es conocer
sólo sus villanías contra nosotros. 
ARTIFICIOS DE LOS DEMONIOS
En primer lugar, démonos cuenta de
esto: los demonios no fueron creados como demonios, tal como
entendemos este término, porque Dios no hizo nada malo. También
ellos fueron creados limpios, pero se desviaron de la sabiduría
celestial. Desde entonces andan vagando por la tierra. Por una
parte, engañaron a los griegos con vanas fantasías, y,
envidiosos de nosotros los cristianos, no han omitido nada para
impedirnos entrar en cielo: no quieren que subamos al lugar de
donde ellos cayeron. Por eso se necesita mucha oración y
disciplina ascética para que uno pueda recibir del Espíritu
Santo el don del discernimiento de espíritus y ser capaz de
conocerlos: cuál de ellos es menos malo, cuál de ellos más; que
interés especial persigue cada uno y cómo han de ser rechazados
y echados fuera. Pues sus astucias y maquinaciones numerosas.
Bien sabían el santo apóstol y sus discípulos cuando decían:
conocemos muy bien su mañas (2 Co 2,11). Y nosotros, enseñados
por nuestras experiencias, deberíamos guiar a otros a apartarse
de ellos. Por eso yo, habiendo hecho en parte esta experiencia,
les hablo a ustedes como a mis hijos.
"Cuando ellos ven que los
cristianos en general, pero en particular los monjes, trabajan
con cuidado y hacen progresos, primero los asaltan y los tientan
colocándoles continuamente obstáculos en el camino (Sal 139,6).
Estos obstáculos son los malos pensamientos. Pero no debemos
asustarnos de sus asechanzas, pues se las desbarata pronto con
la oración, el ayuno y la confianza en el Señor. Sin embargo,
aunque desbaratados, no cesan sino que vuelven ataque con toda
maldad y astucia. Cuando no pueden engañar el corazón con
placeres abiertamente impuros, cambian su táctica y van de nuevo
al ataque. Entonces urden y fingen apariciones para espantar el
corazón, transformándose e imitando mujeres, bestias, reptiles,
cuerpos de gran tamaño y hordas de guerreros. Pero ni aún así
deben aplastarnos el miedo a semejantes fantasmas, ya que no son
nada sino pura vanidad, especialmente si uno se fortalece con la
señal de la cruz.
En verdad, son atrevidos y
extraordinariamente desvergonzados. Si en este punto también se
los derrota, avanzan una vez más con nueva estrategia. Pretender
profetizar y predecir futuros acontecimientos. Aparecen mas
altos que el techo, fornidos y corpulentos. Su propósito es, si
es posible, arrebatar con tales apariciones a los que no han
podido engañar con pensamientos. Y si hallan que aún el alma
permanece fuerte en su fe y sostenida por la esperanza hacen
intervenir a su jefe.
Este aparece a menudo de esta
manera como, por ejemplo, se lo reveló el Señor a Job: "Sus ojos
son como los párpados del alba. De su boca salen antorchas
encendidas, chispas de fuego saltan fuera. De sus narices sale
humo, como de olla o caldero que hierve. Su aliento enciende los
carbones y de su boca sale llama" (Jb 41,18-21). Cuando el jefe
de los demonios aparece de esta manera, el bribón trata de
aterrorizarnos, como dije antes, con su hablar bravucón, tal
como fue desenmascarado por el Señor cuando dijo a Job: 'Tiene
toda arma por hojarasca, y del blandir de la jabalina se burla;
hace hervir como una olla el mar profundo, y lo revuelve como
una olla de ungüento' (Jb 41,29.31); también dice el profeta:
'Dijo el enemigo: los perseguiré y alcanzaré' (Ex 15,9); y en
otra parte:' Y halló mi mano como nido las riquezas de los
pueblos, y como se recogen los huevos abandonados, así me
apoderé yo de toda la tierra' (Is 10,14)
Esta es, en resumen, la jactancia
de la que alardean, estas son las peroratas que hacen para
engañar al que teme a Dios. Con toda confianza no necesitamos
temer sus apariciones ni poner atención a sus palabras. Es sólo
un embustero y no hay verdad en nada en lo que dice. Cuando
habla semejantes tonterías y lo hace con tanta jactancia, no se
da cuenta de como es arrastrado con un garfio como dragón por el
Salvador (Jb 41,1-2), con un cabestro como animal de carga, con
sus narices con anillo como esclavo fugitivo, y con sus labios
atravesados por una abrazadera de hierro. Ha sido, pues,
atrapado como gorrión para nuestra diversión. Tal él como sus
compañeros fueron tratados así para ser pisoteados como
escorpiones y culebras (Lc 10,19) por nosotros los cristianos; y
prueba de ello es el hecho de que seguimos existiendo a pesar de
él. En verdad, noten que él, que prometió que iba a secar el mar
y apoderarse de todo el mundo, no puede impedir nuestras
practicas ascéticas ni que yo hable contra él. Por eso, no demos
atención a lo que pueda decir, porque es un mentiroso redomado,
ni temamos sus apariciones, porque también son mentiras.
Ciertamente no es verdadera luz la que aparece en ellos, más
bien es mero comienzo y parecido del fuego preparados para ellos
mismos; y con lo mismo que serán quemados tratan aterrorizar a
los hombres. Aparecen, es verdad, pero desaparecen de nuevo en
el momento, sin dañar a ningún creyente, mientras se llevan
consigo esa apariencia del fuego que los espera. Por eso, no hay
ninguna razón para tenerles miedo, pues por la gracia de Cristo
todas sus tácticas terminan en nada.
"Pero son traicioneros y están
preparados para soportar cualquier cambio o transformación. A
menudo, por ejemplo, pretenden cantar salmos, sin aparecer, y
citan textos de la Escrituras. También algunas veces, cuando
estamos leyendo, repiten como eco lo que hemos leído. Cuando
vamos a dormir, nos despiertan para orar, y esto lo hacen
continuamente, dejándonos dormir apenas. Otra veces se disfrazan
de monjes y simulan piadosas conversaciones, teniendo como meta
engañar con su apariencia y arrastran entonces a sus víctimas
adonde quieren. Pero no debemos prestarle atención, aunque nos
despierten para orar, aunque nos aconsejen no comer del todo,
aunque pretendan acusarnos de cosas que antes aprobaban. Hacen
esto no por amor a la piedad o a la verdad, sino para inducir al
inocente a la desesperación, presentar la vida ascética como sin
valor y hacer que los hombres tomen fastidio por la vida
solitaria como algo tosco y demasiado pesado, y hacer caer a los
que llevan tal vida.
Por eso profeta enviado por el
Señor a tales infelices con estos términos: ¡Ay del que da de
beber a prójimo un mal trago! (Hab 2,15). Tales argumentos son
desastrosos par el camino que conduce a la virtud. Nuestro Señor
mismo, aunque incluso los demonios hablaban la verdad –pues
decían verdaderamente: Tú eres el Hijo de Dios (Lc 4,41)–, sin
embargo los hizo callar y les prohibió hablar. No quiso que
desparramaran su propia maldad junto con la verdad, y tampoco
deseaba que nosotros les hiciéramos caso aunque aparentemente
hablaban la verdad. Por eso, pues, es inconveniente que
nosotros, que poseemos las Escrituras y la libertad del
Salvador, seamos enseñados por el demonio, por él, que no quedó
en su puesto (Judas 6), sino que constantemente ha cambiado de
parecer. Por eso también les prohíbe usar citas de la Escritura
al decir: Dios dice al pecador ¿Por qué recitas mis preceptos y
tienes siempre en tu boca mi Alianza? (Sal 49,19). Ciertamente
ellos hacen de todo: hablan, gritan, engañan, confunden, y todo
para engañar al simple. Arman también tremendos estrépitos,
lanzan risas tontas y silbidos. Si nadie les hace caso, lloran y
se lamentan como derrotados.
"El Señor, por eso, porque es
Dios, hizo callar a los demonios. En cuanto a nosotros, hemos
aprendido nuestras lecciones de los santos, hacemos como ellos
hicieron e imitamos su valor. Pues cuando ellos veían tales
cosas, acostumbraban a decir: Cuando el pecador se levantó
contra mí, guardé silencio resignado, no hablé con ligereza (Sal
38,2); y en otra parte: Pero yo como un sordo no oigo, como un
mudo no abro la boca; soy como uno que no oye (Sal 37,14). Así
también nosotros no los escuchemos, mirándolos como extraño, no
prestándole atención, aunque nos despierten para la oración o
nos hablen de ayunos. Sigamos atentos más bien a la práctica de
la vida ascética como es nuestro propósito, y no nos dejemos
engañar por los que practican la traición en todo lo que hacen.
No debemos tenerles miedo aunque aparezcan para atacarnos y
amenazarnos con la muerte. En realidad, son débiles y no pueden
hacer más que amenazar.
IMPOTENCIA DE LOS DEMONIOS
Bien, hasta ahora he hablado de
este tema sólo al pasar. Pero ahora no debo dejarlo de tratar
con mayores detalles; recordarles esto puede redundar sólo en su
mayor seguridad.
Desde que el Señor habitó con
nosotros, el enemigo cayó y sus poderes declinaron. Por eso no
puede nada; Sin embargo, aunque han caído, no puede quedarse
quieto sino que como tirano que no puede hacer otra cosa, se va
en amenazas, aunque ellas sean puras palabras. Cada uno
acuérdese de esto y podrá despreciar a los demonios. Se
estuvieran confiados a cuerpos como los nuestros, deberíamos
decir entonces: A la gente que se esconde, no la vamos a
encontrar; pero si los encontramos, los vamos a dañar. Y en este
caso podríamos escapar de ellos escondiéndonos y trancando las
puertas. Pero éste no es el caso, y pueden entrar a pesar de
estar trancadas la puertas; vemos que están presentes en todas
partes en el aire, ellos y su jefe, el demonio, y sabemos que su
voluntad es mala y que están inclinados a dañar, y que como dice
el Salvador, el demonio ha sido homicida desde el principio (Jn
8,44); entonces si a pesar de todo vivimos, y vivimos nuestra
vidas desafiándolo, es claro que no tiene ningún poder. Como
ustedes ven, el lugar no les impide su conspiración; tampoco nos
ven amables hacia ellos como para que nos perdonen, ni son
tampoco amantes del bien como para cambiar sus caminos. No, al
contrario, ellos son malos y nada hay que deseen más
ansiosamente que hacer daño a los amantes de la virtud y a los
adoradores de Dios. Por la simple razón de que son impotentes
para hacer algo, nada hacen excepto amenazar. Si pudieran, estén
ustedes seguros de que no esperarían sino que realizarían sus
fuertes deseos: el mal, y eso contra nosotros. Noten, por
ejemplo, como ahora estamos reunidos aquí hablando contra ellos,
y ellos saben además que en la medida en que hacemos progresos,
ellos se debilitan. En verdad, si estuviera en su poder, no
dejarían vivo a ningún cristiano, porque el servicio de Dios es
abominación para el pecador (Sir 1,25). Puesto que no pueden
nada, se hacen daño a sí mismos, ya que no pueden llevar a cabo
sus amenazas.
Además, esto otro debería ser
tomado en cuenta para acabar con el miedo a ellos: si tuvieran
algún poder, no vendrían en manada, ni recurrirían a
apariciones, ni usarían el artificio de transformarse. Bastaría
que viniera uno solo e hiciera lo que fuera capaz de hacer o a
lo que tuviera inclinación. Lo más importante de todo es que el
que tiene realmente poder no se esfuerza en matar con fantasmas
ni trata de aterrorizar con hordas sino que sin más trámites usa
su poder como quiere. Pero actualmente los demonios, impotentes
como son, hacen piruetas como si estuvieran sobre un escenario,
cambiando sus formas en espantajos infantiles, con manadas
ilusorias y muecas, con todo lo cual su debilidad se hace
todavía más despreciable. Estemos seguros: El ángel verdadero
enviado por el Señor contra los asirios no tuvo necesidad de
múltiples, ni de ilusiones visibles, ni de soplidos resonantes,
ni de sonajeras; no, él ejerció su poder tranquilamente y de una
vez mató a ciento ochenta y cinco mil de ellos (2 R 19,35). Pero
los demonios impotentes criaturas como son, tratan de
aterrorizar, ¡y eso con mero fantasmas!
Si alguien al examinar la vida de
Job, dijera: ¿Por qué, entonces, siguió el demonio haciendo
cosas contra él? Lo despojó de sus posesiones, mató a sus hijos
y lo hirió con graves úlceras (Job 1,13ss; 2,7), que esa persona
se dé cuenta de que no se trata de que el demonio tuviera poder
para hacer eso, sino que Dios el entregó a Job para que lo
tentara (Job 1,12). Por su puesto no tenía poder para hacerlo;
lo pidió y actuó sólo después de haberlo recibido. Aquí tenemos
otra razón para despreciar al enemigo, pues aunque tal era su
deseo, no fue capaz de vencer a un hombre justo. Si el poder
hubiera sido suyo, no hubiera necesitado pedirlo, y el hecho de
que lo pidiera no una sino dos, muestra su debilidad y
incapacidad. No es extraño de que no tuviera poder contra Job,
cuando le fue imposible destruir ni siquiera sus ganados a menos
de que Dios accediera a ello. Pero no tiene poder ni siquiera
contra los cerdos, como está escrito en el Evangelio: Y los
espíritus malos rogaron al Señor: déjanos entrar en esos cerdos,
mucho menos sobre los hombres hechos a imagen de Dios.
Por eso, se debe temer sólo a Dios
y despreciar esos seres, sin tenerles miedo en absoluto. Y
cuanto mas se dediquen a tales cosas, tanto más dediquémonos
nosotros a la vida ascética para contraatacarlos, pues una vida
recta y la fe en Dios son una gran arma contra ellos. Temen a
los ascetas por su ayuno, sus vigilias, sus oraciones, su
mansedumbre, tranquilidad, desprecio del dinero, falta de
presunción, humildad, amor a los pobres, limosnas, ausencias de
ira, y, más que todo para que nadie los pisotee, su lealtad a
Cristo. Esta el la razón por lo que hacen todo para que nadie
los pisotee. Conocen la gracia dada por el Salvador a los
creyentes cuando dice: "Miren: yo les he dado poder para
pisotear serpientes y escorpiones y todo poder del enemigo (Lc
10,19).
FALSAS PREDICCIONES DEL FUTURO
"Asimismo, si pretenden predecir
el futuro, no les hagan caso. A veces, por ejemplo, nos
comunican días antes la visita de hermanos, y efectivamente
llegan. Pero no es que se preocupen de sus oyentes que hacen
esto, sino para inducirlos a colocar su confianza en ellos, y
así, cuando los tienen bien a mano poder destruirlos. No los
escuchemos sino que echémoslo fuera, pues no lo necesitamos.
¿Qué de prodigioso hay en ellos, que tienen cuerpos mas sutiles
que los hombres, viendo que alguien se pone de camino, se le
adelanten y anuncien su llegada? Una persona de a caballo podría
también adelantarse a uno a pie y dar la misma información. Así,
pues, tampoco en esto hay que asombrarse de ellos. No tienen
ningún conocimiento previo de lo que todavía no ha sucedido,
sino que sólo Dios conoce todas las cosas antes de que sean (Dn
13,42). En este punto son como ladrones que corren delante y
anuncian lo que vieron. En este mismo momento, ¡a cuántos ya les
habrán comunicado lo que estamos haciendo, como estamos aquí
discutiendo sobre ellos, antes de que ninguno de nosotros pueda
levantarse e informar de lo mismo! Pero hasta un niño veloz
haría correr lo mismo, adelantándose a una persona más lenta.
Les voy a aclarar con un ejemplo lo que quiero decir. Si alguien
quiere ponerse en viaje desde la Tebaida o de cualquier otro
lugar, antes de que efectivamente parta no saben si van a salir
o no; pero en cuanto lo ven caminar, se adelantan y anuncian su
llegada de antemano. Y así sucede que después de algunos días,
llega. Pero a veces, sin embargo, el viajero se vuelve, y el
informe es falso.
También a veces hablan tonterías
con respecto al agua del Río. Por ejemplo, viendo lluvias en las
regiones de Etiopía y sabiendo que las avenidas del Río tienen
su origen, se adelantan y lo anunciantes de que el agua alcance
Egipto. Los hombres también podrían hacerlo, si pudieran correr
tan rápido como ellos. Y tal como el atalaya de David (2 S
18,24), subiéndose a una altura, logró un vistazo del que
llegaba antes del que estaba debajo, y echando a correr le
informó antes que los demás, no lo que aún no había pasado, sino
lo que estaba por suceder en el acto, así también los demonios
se apresuran a anunciar cosas a otros con el solo fin de
engañarlos. En verdad, si entre tanto la Providencia tuviera una
disposición especial en cuanto al agua o a los viajeros, y esto
es perfectamente posible, entonces se vería que el informe de
los demonios es mentira, y quedarían engañados los que pusieron
su confianza en ellos.
Así surgieron los oráculos griegos
y así fue descarriado el pueblo de la antigüedad por los
demonios. Con esto hay que decir también cuanto engaño fue
preparado para el futuro, pero el Señor vino para suprimir los
demonios y su villanía. No conocen nada fuera de sí mismos, pero
ven otros tienen conocimientos y entonces, como ladrones, se
apoderan de él y lo desfiguran. Practican más la conjetura que
la profecía. Por eso, aunque a veces parezcan estar en la
verdad, nadie debería maravillarse. En realidad, también los
médicos, cuya experiencia en enfermedades les viene de haber
observado la misma dolencia en diferentes personas, hacen a
menudo conjeturas sobre la base de su práctica y predicen lo que
va a pasar. También los pilotos y campesinos, observando las
condiciones del tiempo, por su experiencia pronostican si va a
ver temporal o buen tiempo. A nadie se le ocurriría decir que
profetizan por inspiración divina, sino por la experiencia que
da la práctica. En consecuencia, si también los demonios
adivinan algunas de estas mismas cosas y las dicen, no por eso
ustedes tienen que asombrarse ni hacerles caso en absoluto. ¿De
que les sirve a los oyentes saber días antes los que va a pasar?
¿O qué afán en saber tales cosas, aún suponiendo que tal
conocimiento resulte verdad? Seguro que no es ése el elemento
fundamental de la virtud ni tampoco prueba de nuestro progreso.
Pues nadie es juzgado por lo que no sabe, y nadie es llamado
bienaventurado por lo que ha aprendido y sabe; y el juicio que
nos espera a cada uno es si hemos guardado la fe y observado
fielmente los mandamientos.
"De ahí de que no sea propio
nuestro darle importancia a estas cosas ni afanarnos en la vida
ascética con el fin de saber el futuro, sino para agradar a Dios
viviendo bien. Deberíamos orar, no para saber el futuro, ni
deberíamos pedir esto como recompensa por la práctica ascética,
sino que el fin de nuestra oración ha de ser lo que el Señor sea
nuestro compañero para lograr la victoria sobre el demonio. Pero
si algún día llegamos a conocer el futuro, mantengamos pura
nuestra mente. Tengo la absoluta confianza de que si el alma es
pura íntegramente y está en su estado natural, alcanza la
claridad de visión y ve más y más lejos que los demonios. A
ellos el Señor les revela las cosas. Tal era el alma de Eliseo
que vio lo que pasó que Giezi (2 R 5,26), y contempló los
ejércitos que estaban cerca (2 R 6,17).
DISCERNIMIENTO DE LOS ESPÍRITUS
"Ahora, pues, cuando se les
aparezcan de noche y quieran contarles el futuro o les digan:
Somos los ángeles, ignórenlo porque están mintiendo. Si alaban
su práctica de la vida ascética o los llaman santos, no los
escuchen ni tengan nada que ver ellos. Hagan mas bien la señal
de la Cruz sobre ustedes, sobre su morada y oración, y los verán
desaparecer. Son cobardes y le tienen terror mortal a la señal
de la Cruz de nuestro Señor, desde que en la Cruz el Señor los
despojó e hizo escarmiento con ellos (Col 2,15). Pero si
insisten con mas desvergüenza todavía, bailando en torno y
cambiando su apariencia, no les teman ni se acobarden ni les
presten atención como si fueran buenos; es totalmente posible
distinguir entre el bien y el mal cuando Dios lo garantiza. Una
visión de los santos no es turbulenta, pues no contendrá ni
gritar , y nadie oirá su voz por las calles (Mt 12,19; Is 42,2).
Tal visión llega tan tranquila y suave que de inmediato hay
alegría, gozo y valor en el alma. Con ellos está nuestro Señor,
que es nuestra alegría, y el poder de Dios Padre. Y los
pensamientos del alma permanecen sin molestia ni oleaje, de modo
que en su propia brillante transparencia posible contemplar la
aparición. Un anhelo de las cosas divinas y de la vida futura se
posesiona del alma, y su deseo es unirse totalmente a ellos y
poder partir con ellos. Pero si algunos, por ser humanos, tienen
miedo ante la visión de los buenos, entonces los que aparecen
expulsan el temor por el amor, como lo hizo Gabriel con Zacarías
(Lc 1,13), y el ángel que apreció a las mujeres en el santo
sepulcro (Mt 28,5), y el ángel que habló a los pastores: No
teman (Lc 2,10). Temor en estos casos, no es cobardía del alma
sino conciencia de la presencia de seres superiores. Tal es,
pues, la visión de los santos.
Por otra parte, el ataque y la
aparición de los malos están llenos de confusión, acompañados de
ruidos, bramidos y alaridos; bien podría ser el tumulto de
muchachos groseros o salteadores. Esto al comienzo ocasiona
terror en el alma, disturbios y confusión de pensamientos,
desaliento, odio de la vida ascética, tedio, tristeza, recuerdo
de los parientes, miedo de la muerte; luego viene el deseo del
mal, el desprecio de la virtud y un completo cambio de carácter.
Por eso, si ustedes tienen una visión y sienten miedo, pero si
el miedo se lo quitan inmediatamente y en su lugar les viene una
inefable alegría y contento, valor, recuperación de la fuerza y
de la calma de pensamiento y de todo lo demás que he mencionado,
y valentía de corazón y amor de Dios, entonces alégrense y oren;
su gozo y la tranquilidad de su alma dan prueba de la santidad
de Aquel que está presente. Así Abraham, viendo al Señor, se
alegró (Jn 8,56), y Juan, oyendo la voz de María, la Madre de
Dios, saltó de gozo (Lc 1,41). Pero si tienen visiones que los
sorprenden y confunden y al tumulto por doquier y apariciones
terrenas y amenazas de muerte y todo lo demás que mencioné,
entonces sepan que la visita es del malo.
"Tengan también esta otra señal:
si el alma sigue con miedo, el enemigo está presente. Los
demonios no quitan el miedo que producen, como lo hizo el gran
arcángel Gabriel con María y Zacarías, y el se le apareció a las
mujeres en el sepulcro. Los demonios, al contrario, cuando ven
que los hombres tienen miedo, aumentan sus fantasmagorías, para
aterrorizarlos aún más, luego bajan y los engañan diciéndoles:
Póstrense y adórennos (Mt 4,9). Así engañaron a los griegos,
pues entre ellos los había, tomados falsamente por dioses. Pero
nuestro Señor no permitió que fuéramos engañados por el demonio,
cuando una vez le reprochó que intentara utilizar sus
alucinaciones con El: Apártate, Satanás, porque está escrito: Al
Señor, tu Dios, adorarás y al el sólo lo servirás (Mt 4,10). Por
eso, despreciemos más y más al autor del mal, pues lo que dijo
nuestro Señor fue por nosotros: cuando los demonios oyen tales
palabras, son expulsados por el Señor que con estas palabras los
reprendió.
"No debemos jactarnos de echar
fuera a los demonios ni darnos aires por curaciones realizadas;
no debemos honrar sólo al que expulsa demonios y despreciar al
que no lo hace. Que cada uno observe atentamente la vida
ascética de otro, entonces que la imite y emule, o que la
corrija. Pues hacer milagros no es asunto nuestro. Eso está
reservado sólo para nuestro Salvador. El, por otra parte, dijo a
los discípulos: Alégrense, no porque los demonios se les
sometan, sino porque sus nombres están escritos en el cielo (Lc
10,20). Y el hecho de que nuestros nombres estén escrito en el
cielo es testimonio para nuestra virtud, pero en cuanto a
expulsar demonios, eso es don del Salvador que él concede. Por
eso, a los que se jactaban no de su virtud sino de sus milagros
y decían: ¿Señor, no hemos expulsado demonios en tu nombre y no
hemos obrado milagros también en tu nombre? (Mt 7,22). El
respondió: En verdad, les digo que no los conozco (Mt 7,23),
pues el Señor no conoce el camino de los impíos (Sal 1,6). En
resumen, se debe orar, como he dicho, por el don de
discernimiento de espíritus, a fin de que, como esta escrito, no
creamos a cada espíritu.
ANTONIO NARRA SUS EXPERIENCIAS CON
LOS DEMONIOS
En realidad, ahora querría
detenerme y no decir nada más que viniera de mí mismo, ya que
basta con lo que se ha dicho. Pero para que ustedes no piensen
que simplemente digo estas cosas por hablar, sino para que
puedan convencerse de que lo hago por verdadera experiencia, por
eso quiero contarles lo que he visto en cuanto a las prácticas
de los demonios. Tal vez me llamen tonto, pero el Señor que está
escuchando sabe que mi conciencia es limpia y que no es por mí
mismo sino por ustedes para alentarlos que digo todo esto.
¡Cuántas veces me llamaron
bendito, mientras yo los maldecía en el nombre del Señor!
¡Cuántas veces hacían predicciones acerca del agua del Río! Y yo
les decía: ¿Y qué tienen que ver ustedes con esto?. Una vez
llegaron con amenazas y me rodearon como soldados armados hasta
los dientes. En otra ocasión llenaron la casa con caballos y
bestias y reptiles, pero yo canté el salmo: "Unos confían en sus
carros, otros en su caballería, pero nosotros confiamos en el
nombre del Señor Dios nuestro" (Sal 19,8), y a esta oración
fueron rechazados por el Señor. Otra vez, en la oscuridad
llegaron con una luz fatua diciendo: 'Hemos venido a traerte
luz, Antonio'. Pero cerré mis ojos, oré, y de un golpe se apago
la luz de los impíos. Pocos meses después llegaron cantando
salmos y citando las Escrituras. 'Pero yo fui como un sordo que
no oye' (Sal 37,14). Una vez sacudieron la celda de un lado para
otro, pero yo oré, permaneciendo inconmovible en mi mente.
Entonces volvieron haciendo un ruido continuo, dando golpes,
silbando y haciendo cabriolas. Pero yo me puse a orar y a cantar
salmos, y entonces comenzaron a gritar y a lamentarse como si
estuvieran completamente agotados, y yo alabé al Señor que
redujo a nada su descaro e insensatez y les dio una lección.
Una vez se me apareció en visión
un demonio realmente enorme, que tuvo la desfachatez de decir:
'Soy el Poder de Dios', y 'Soy la Providencia'. ' ¿Por favor qué
deseas que te otorgue?'. Entonces yo le soplé mi aliento,
invocando el nombre de Cristo, e hice empeño por golpearlo.
Parece que tuve éxito, porque al instante, grande como era,
desapareció él, y todos sus compañeros junto con él, al nombre
de Cristo. Otra vez que yo estaba ayunando, se llegó a mí el
taimado acarreando panes ilusorios. Se puso a darme consejos:
"¡Come y déjate de tus privaciones! También tú eres hombre y
estás punto de enfermarte". Pero yo, notando su superchería, me
levanté a orar y no pudo aguantarlo. Desapareció como humo a
través de la puerta.
¡Cuántas veces me mostró en el
desierto una visión de oro que yo podía tocar y buscar! Pero me
le opuse cantando un salmo y se disolvió. Me golpeó a menudo, y
yo decía: "Nada podrá separarme del amor de Cristo" (Rm 8,35), y
entonces ¡ellos se golpeaban unos a otros! Pero no fui yo quien
detuvo y paralizó sus esfuerzos, sino el Señor que dijo: "Vi a
Satanás cayendo del cielo como un relámpago" (Lc 10,18)
Hijitos míos acuérdense de lo que
dijo el apóstol: "Me apliqué esto a mí mismo" (1 Co 4,6), y
aprenderán a no descorazonarse en su vida ascética y a no temer
las ilusiones del demonio y sus compañeros.
"Ya que me ha hecho loco entrando
en todas sus cosas, escuchen también lo que sigue, para que
pueda servirles para su seguridad; créanme, no miento. Una vez
escuché un golpe en la puerta de mi celda, salí afuera y vi una
figura enormemente y alta. Cuando le pregunté: ¿Quién eres?, me
contestó: 'Soy Satanás'. ¿Qué estás haciendo aquí? El respondió:
¿Qué falta me encuentran los monjes y los demás cristianos sin
ninguna razón? ¿Por qué me echan a cada rato?. Bien, ¿por qué
los molestas?, le dije.
El contestó: No soy yo quien los
molesta, sino que sus molestias tienen su origen en ellos
mismos, porque yo me he debilitado. ¿No han leído acaso; El
enemigo ha sido desarmado, arrasaste sus ciudades? (Sal 9,7).
Ahora no tengo lugar, armas, ni ciudad. En todas partes hay
cristianos y hasta el desierto está lleno de monjes. Que se
dediquen a sus propios asuntos y no me maldigan sin causa.
Entonces me maravillé ante la
gracia del Señor y le dije: Aunque eres siempre mentiroso y
nunca hablas la verdad, sin embargo esta vez has dicho la
verdad, por más que te desagrade hacerlo. Ves tú, Cristo con su
venida te hizo impotente, te derribó, te despojó. El oyendo el
nombre del Salvador e incapaz de soportar el calor que esto
causaba, se desvaneció.
Por eso, si incluso el mismo
demonio confiesa que no tienen poder, deberíamos despreciarlo
totalmente. El malo y sus sabuesos tienen, es verdad, todo un
acopio de bellaquerías, pero nosotros, sabiendo su debilidad,
podemos despreciarlos. No nos entreguemos, pues, ni
desalentemos, ni dejemos que haya cobardía en nuestra alma ni
causemos miedo a nosotros mismos pensando: ¡Ojalá que no venga
el demonio y me haga caer! ¡Ojalá que no venga y me lleve para
arriba o para abajo, o aparezca de repente y me saque de mis
casillas! No deberíamos tener en absoluto semejantes
pensamientos ni afligirnos como si fuéramos a perecer. Mas bien
tengamos valor y alegrémonos siempre como hombres que están
siendo salvados. Pensemos que el Señor está con nosotros, El que
ahuyentó los malos espíritus y les quitó su poder.
Meditemos siempre sobre esto y
recordemos que mientras el Señor esté con nosotros, nuestros
enemigos no nos harán daño. Pues cuando vienen, actúan tal como
nos encuentran, y en el estado del alma en que nos encuentren,
de ese modo presentan sus ilusiones. Si nos ven llenos de miedo
y de pánico, inmediatamente toman posesión como bandoleros que
encuentran la plaza desguarnecida; todo lo que pensemos de
nosotros mismos, lo aprovecharán con interés redoblado. Si nos
ven con temerosos y acobardados, van a aumentar nuestro miedo lo
más que puedan en forma de imaginaciones y amenazas, y así la
pobre alma es atormentada para el futuro. Pero si nos encuentran
alegrándonos con el Señor, meditando en los bienes que han de
venir y contemplando las cosa que son del Señor; considerando
que todo está en sus manos y que el demonio no tiene poder sobre
un cristiano; que, de hecho, no tiene poder sobre nadie
absolutamente, entonces, viendo al alma salvaguardada con tales
pensamientos, se avergüenzan y se vuelven. Así, cuando el
enemigo vio a Job fortificado, se retiró de él, mientras que
encontrando a Judas desprovisto de toda defensa, lo tomó
prisionero.
Por eso, si queremos despreciar al
enemigo, mantengamos siempre nuestro pensamiento en las cosas
del Señor y que nuestra alma se goce con la esperanza (Rm
12,12). Veremos entonces cómo los engaños del demonio se
desvanecen como humo, y los veremos huir en lugar de
perseguirnos. Ellos son, como dije, abyectos, cobardes, siempre
recelosos del fuego preparados para ellos (Mt 25,41).
"Observen también esto con
respecto a la intrepidez que deben tener en su presencia. Cada
vez que venga una aparición, no se derrumben inmediatamente
llenos de cobarde miedo, sino que, sea lo que sea, pregunten
primero con corazón resuelto: ¿Quién eres tú y de dónde vienes?.
Si es una visión buena, los va a tranquilizar y a cambiar su
miedo en alegría. Sin embargo, si tiene que ver con el demonio,
va a desvanecerse al instante viendo el decidido ánimo de
ustedes, ya que la simple pregunta, ¿quién eres y de dónde
vienes?, es la señal de tranquilidad. Así lo aprendió el hijo de
Nun (Jos 5,13s), y el enemigo no se libró de ser descubierto
cuando Daniel lo interrogó (Dn, 13-59).
VIRTUD MONÁSTICA
Mientras Antonio discurría sobre
estos asuntos con ellos, todos se regocijaban. Aumentaba en
algunos la virtud, en otros desaparecía la negligencia, y en
otros la vanagloria era reprimida. Todos prestaban consejos
sobre los ardides del enemigo, y se admiraban de la gracia dada
a Antonio por el Señor para discernir los espíritus.
Así sus solitarias celdas en las
colinas eran como las tiendas llenas de coros divinos, cantando
salmos, estudiando, ayunando, orando, gozando con la esperanza
de la vida futura, trabajando para dar limosnas y preservando el
amor y la armonía entre sí. Y en realidad, era como ver un país
aparte, una tierra de piedad y justicia. No había malhechores ni
víctimas del mal ni acusaciones del recaudador de impuestos,
sino una multitud de ascetas, todos con un solo propósito: la
virtud. Así, al ver estas celdas solitarias y la admirable
alineación de los monjes, no se podía menos que elevar la voz y
decir: "¡Qué hermosas son las tiendas, oh Jacob! ¡Tus
habitaciones, oh Israel! Como arroyos están extendidas, como
huertos junto al río, como tiendas plantadas por el Señor, como
cedros junto a las aguas" (Num 24,5).
Antonio volvió como de costumbre a
su propia celda e intensificó sus prácticas ascéticas. Día tras
día suspiraba en la meditación de las moradas celestiales (Jn
14,12), con todo anhelo por ellas, viendo la breve existencia
del hombre. Al pensamiento de la naturaleza espiritual del alma,
se avergonzaba cuando debía aprestarse a comer o dormir o a
ejecutar las otras necesidades corporales. A menudo, cuando iba
a compartir su alimento con otros monjes, le sobrevenía el
pensamiento del alimento espiritual y rogando que le perdonaran,
se alejaba de ellos, como si le diera vergüenza de que otros lo
vieran comiendo. Comía, por su puesto, porque su cuerpo lo
necesitaba, y frecuentemente lo hacía también con los hermanos,
turbado a causa de ellos, pero hablándoles por la ayuda que sus
palabras significaban para ellos. Acostumbraba a decir que se
debía dar todo su tiempo al alma más bien que al cuerpo.
Ciertamente, puesto que la necesidad lo exige, algo de tiempo
tiene que darse al cuerpo, pero en general deberíamos dar
nuestra primera atención al alma y buscar su progreso. Ella no
debería ser arrastrada hacia abajo por los placeres del cuerpo,
sino que el cuerpo debe ser puesto bajo sujeción del alma. Esto,
decía, es lo que el Salvador expresó: "No se preocupen por la
vida, por lo que van a comer o beber, ni estén inquietos
ansiosamente; la gente del mundo busca todas esas cosas. Pero su
Padre sabe que ustedes necesitan todo esto. Busquen primero su
Reino y todo esto se les dar dado por añadidura" (Lc
12,22.29-31; Mt 6,31-33)
ANTONIO VA ALEJANDRÍA BAJO LA
PERSECUCIÓN DEL EMPERADOR MAXIMINO (311)
Después de esto, la persecución de
Maximino, que irrumpió en esa época, se abatió sobre la Iglesia.
Cuando los santos mártires fueron llevados a Alejandría, él
también dejó su celda y los siguió, diciendo: "vayamos también
nosotros a tomar parte en el combate si somos llamados, o a ver
a los combatientes". Tenía el gran deseo de sufrir el martirio,
pero como no quería entregarse a sí mismo, servía a los
confesores de la fe en las minas y en las prisiones. Se afanaba
en el tribunal, estimulando el celo de los mártires cuando los
llamaban, y recibiéndolos y escoltándolos cuando iban a su
martirio, quedando junto a ellos hasta que expiraban. Por eso el
juez, viendo su intrepidez y la de sus compañeros y su celo en
estas cosas, dio orden de que ningún monje apareciera en el
tribunal o estuviera en la ciudad. Todos los demás pensaron
conveniente esconderse ese día, pero Antonio se preocupó tan
poco de ello que lavó sus ropas y al día siguiente se colocó al
frente de todos, en un lugar prominente, a vista y presencia del
prefecto. Mientras todos se admiraban y el prefecto mismo lo
veía al acercarse con todos los funcionarios, el estaba ahí de
pie, sin miedo, mostrando el espíritu anhelante característico
de nosotros los cristianos. Como lo expresé antes, oraba para
que también él pudiera ser martirizado, y por eso se apenaba por
no haberlo sido.
Pero el Señor cuidaba de él para
nuestro bien y para el bien de otros, a fin de que pudiera se
maestro de la vida ascética que él mismo había aprendido en las
Escrituras. De hecho, muchos, sólo con ver su actitud, se
convirtieron en celosos seguidores de su modo de vida. De nuevo,
por eso, continuó con su costumbre, de ir al servicio de los
confesores de la fe y, como si estuviera encadenado con ellos
(Hb 13,3), se agotó en su afán por ellos.

EL DIARIO MARTIRIO DE LA VIDA
MONACAL
Cuando finalmente la persecución
cesó y el obispo Pedro, de santa memoria, hubo sufrido el
martirio, se fue y volvió a su celda solitaria, y ahí fue mártir
cotidiano en su conciencia, luchando siempre las batallas de la
fe. Practicó una vida ascética llena de celo y más intensa.
Ayunaba continuamente, su vestidura era de pelo la interior y de
cuero la exterior, y la conservó hasta el día de su muerte.
Nunca bañó su cuerpo para lavarse, ni tampoco lavó sus pies ni
se permitió meterlos en el agua sin necesidad. Nadie vio su
cuerpo desnudo hasta que murió y fue sepultado.
Vuelto a la soledad, determinó un
período de tiempo durante el cual no saldría ni recibiría a
nadie. Entonces un oficial militar, un cierto Martiniano, llegó
a importunar a Antonio: tenía una hija a la molestaba el
demonio. Como persistía ante él, golpeado a la puerta y rogando
que saliera y orara a Dios por su hija, Antonio no quiso salir
sino que, usando una mirilla le dijo: "Hombre ¿por qué haces
todo ese ruido conmigo?. Soy un hombre tal como tú. Si crees en
Cristo a quien yo sirvo, ándate y como eres creyente, ora a Dios
y se te concederá". Ese hombre se fue y creyendo e invocando a
Cristo, y su hija fue librada del demonio. Muchas otras cosas
hizo también el Señor a través de él, según la palabra: "Pidan y
se les dará" (Lc 11,9). Muchísima gente que sufría, dormía
simplemente fuera de su celda, ya que él no quería abrirle la
puerta, y eran sanados por su fe y su sincera oración.
HUIDA A LA MONTAÑA INTERIOR
Cuando se vio acosado por muchos e
impedido de retirarse como eran su propósito y su deseo, e
inquieto por lo que el Señor estaba obrando a través de él, pues
podía transformarse en presunción, o alguien podía estimarlos
más de lo que convenía, reflexionó y se fue hacia la Alta
Tebaida, a un pueblo en el que era desconocido. Recibió pan de
los hermanos y se sentó a la orilla del río, esperando ver un
barco que pasara en el que pudiera embarcarse y partir. Mientras
estaba así aguardando, se oyó una voz desde arriba: "Antonio, ¿a
dónde vas y porque?".
No se desorientó sino que,
habiendo escuchado a menudo tales llamadas, contestó: "Ya que
las multitudes no me permiten estar solo, quiero irme a la Alta
Tebaida, porque son muchas las molestias a las que estoy sujeto
aquí, y sobre todo porque me piden cosas más allá de mi poder".
"Si subes a la Tebaida", dijo la voz, "o si, como también
pensaste, bajas a la Bucólica, tendrás más, sí, el doble más de
molestias que soportar. Pero si realmente quieres estar contigo
mismo, entonces vete al desierto interior".
Pero, dijo Antonio, ¿quién me
mostrará el camino?. Yo no lo conozco. De repente le llamaron la
atención unos sarracenos que estaban por tomar aquella ruta.
Acercándose, Antonio les pidió ir con ellos al desierto. Ellos
le dieron la bienvenida como por orden de la Providencia. Y
viajó con ellos tres días y tres noches y llegó a una montaña
muy alta. Al pie de la montaña había agua, clara como el
cristal, dulce y muy fresca. Extendiéndose desde allí había una
llanura y unos cuantos datileros.
Antonio, como inspirado por Dios,
quedó encantado por el lugar, porque esto fue lo que quiso decir
Quien habló con el a la orilla del Río. Comenzó por conseguir
algunos panes de sus compañeros de viaje y se quedo sólo en la
montaña, sin ninguna compañía. En adelante, miró este lugar como
si hubiera encontrado su propio hogar. En cuanto a los
sarracenos, notando el entusiasmo de Antonio, hicieron del lugar
un punto de sus travesías, y estaban contentos de llevarle pan.
También los datileros le daban un pequeño y frugal cambio de
dieta. M s tarde, los hermanos, se las ingeniaron para mandarle
pan. Antonio, sin embargo, viendo que el pan les causaba
molestias porque tenían que aumentar el trabajo que ya
soportaban, y queriendo mostrar consideración a los monjes en
esto, reflexionó sobre el asunto y pidió a algunos de sus
visitantes que les trajeran un azadón y un hacha y algo de
grano.
Cuando se lo trajeron, se fue al
terreno cerca de la montaña, y encontrando un pedazo adecuado,
con abundante provisión de agua de la vertiente, lo cultivo y
sembró. Así lo hizo cada año y les suministraba su pan. Estaba
feliz de que con eso no tenía que molestar a nadie, y con todo
trataba de no ser carga para otros. Pero más tarde, viendo que
de nuevo llegaba gente a verlo, comenzó también a cultivar
algunas hortalizas, a fin de que sus visitantes tuvieran algo
más para restaurar sus fuerzas después del viaje tan cansado y
pesado.
Al comienzo, los animales del
desierto que venían a beber agua le dañaban los sembrados de la
huerta. Entonces atrapó a uno de los animales, lo retuvo
suavemente y les dijo a todos: " ¿Por qué me hacen perjuicio si
yo no les haga nada a ninguno de ustedes? ¡Váyanse, y en el
nombre del Señor no se acerquen otra vez a estas cosas!". Y
desde ese entonces, como atemorizados por sus órdenes, no se
acercaron al lugar.
DE NUEVO LOS DEMONIOS
Así estuvo sólo en la Montaña
Interior, dando su tiempo a la oración y a la práctica de la
vida ascética. Pero los hermanos que fueron en su busca, le
rogaron que les permitiera llegar cada mes y llevarle aceitunas,
legumbres y aceite, puesto que ya ahora era anciano.
De sus visitantes hemos sabido
cuantos combates tuvo que soportar mientras vivió ahí, "no
contra carne y sangre", como está escrito (Ef 6,12), sino en
lucha con los demonios. Pues también allí oyeron tumultos y
muchas voces y clamor como de armas. De noche vieron la montaña
llenarse de vida con bestia salvajes. Lo vieron también peleando
como también con enemigos visibles, y orando contra ellos. A uno
que lo visitó, le habló palabras de aliento mientras el mismo se
mantenía firme en la contienda, de rodillas y orando al Señor.
Era realmente notable que, sólo como estaba en ese despoblado,
nunca desmayase frente a los ataques de los demonios, ni tampoco
con todos los animales y reptiles que había, tuviese miedo de su
ferocidad. Como está en la escritura, él realmente "confiaba en
el Señor como el monte Sión (Sal 124,l), con ánimo
inquebrantable e intrépido. Así los demonios más bien huían de
él, y los animales salvajes hicieron la paz con él, como está
escrito (Job 5,23)
El malo puso estrecha guardia
sobre Antonio y rechinó sus dientes contra él, como dice David
en el salmo (Sal 34,16), pero Antonio fue animado por el
Salvador, quedando sin ser dañado por esa villanía y sutil
estrategia. Le envió bestias salvajes mientras estaba en sus
vigilias nocturnas, y en plena noches todas las hienas del
desierto salieron de sus guaridas y lo rodearon. Teniéndolo en
medio, abrían sus fauces y amenazaban morderlo. Pero él,
conociendo bien las mañas del enemigo, les dijo: "Si han
recibido poder para hacer esto contra mí, estoy dispuesto a ser
devorado; pero si han sido enviadas por los demonios, váyanse
inmediatamente porque soy servidor de Cristo". En cuanto Antonio
dijo esto, huyeron como azotados por el látigo de esa palabra.
Pocos días después, mientras
estaba trabajando –porque el trabajo formaba parte de su
propósito–, alguien llegó a la puerta y tiró la cuerda con que
trabajaba (estaba haciendo canastos, que daba a sus visitantes
en cambio por lo que le traían). Se levantó y vio a un monstruo
que parecía hombre hasta los muslos, pero con piernas y pies de
asno. Antonio hizo simplemente la señal de la cruz y dijo: "Soy
servidor de Cristo. Si has sido enviado contra mí aquí estoy".
Pero el monstruo con sus demonios huyó tan rápido, que su misma
rapidez lo hizo caer y murió. La muerte del monstruo vino a
significar el fracaso de los demonios: hicieron cuanto pudieron
porque se fuera del desierto y no pudieron.
ANTONIO VISITA A LOS HERMANOS A LO
LARGO DEL NILO
Una vez los monjes le pidieron que
regresara donde ellos y pasara algún tiempo visitándolos a ellos
y sus establecimientos. Hizo el viaje con los monjes que
vinieron a su encuentro. Un camello había cargado con pan y
agua, ya que en todo ese desierto no hay agua, y la única agua
potable estaba en la montaña de donde habían salido y en donde
estaba su celda. Yendo de camino se acabó el agua, y estaban
todos en peligro cuando el calor es mas intenso. Anduvieron
buscando y volvieron sin encontrar agua. Ahora estaban demasiado
débiles para poder caminar siquiera. Se echaron al suelo y
dejaron que el camello se fuera, entregándose a la
desesperación.
Entonces el anciano, viendo el
peligro en que todos estaban, se llenó de aflicción. Suspirando
profundamente, se apartó un poco de ellos. Entonces se
arrodilló, extendió sus manos y oró. Y de repente el Señor hizo
brotar una fuente donde estaba orando, de modo que todos
pudieron beber y refrescarse. Llenaron sus odres y se pusieron a
buscar el camello hasta que lo encontraron, sucedió que el
cordel se había enredado en una piedra y había quedado sujeto.
Lo llevaron a abrevar y, cargándolo con los odres, concluyeron
su viaje sin más deterioros ni accidentes.
Cuando llegó a las celdas
exteriores, todos le dieron una cordial bienvenida, mirándolo
como a un padre. El, por su parte, como trayéndoles provisiones
de su montaña, los entretenía con su narraciones y les
comunicaba su experiencia práctica. Y de nuevo hubo alegría en
las montañas y anhelos de progreso, y el consuelo que viene de
una fe común (Rm 1,12). También se alegró de contemplar el celo
de los monjes y al ver a su hermana que había envejecido en su
vida de virginidad, siendo ella misma guía espiritual de otras
vírgenes. 
LOS HERMANOS VISITAN A ANTONIO
Después de algunos días volvió a
su montaña. Desde entonces muchos fueron a visitarlo, entre
ellos muchos llenos de aflicción, que arriesgaban el viaje hasta
él. Para todos los monjes que llegaban donde él, tenía siempre
el mismo consejo: poner su confianza el Señor y amarlo,
guardarse a sí mismo de los malos pensamientos y de los placeres
de la carne, y no ser seducido por el estómago lleno, como está
escrito en los Proverbios (Prov 24,15). Debían huir de la
vanagloria y orar continuamente; cantar salmos antes y después
del sueño; guardar en el corazón los mandamientos impuestos en
las Escrituras y recordar los hechos de los santos, de modo que
el alma, al recordar los mandamientos, pueda inflamarse ante el
ejemplo de su celo. Les aconsejaba sobre todo recordar siempre
la palabra del apóstol: "Que el sol no se ponga sobre tu ira" (Ef
4,26), y a considerar estas palabras como dichas de todos los
mandamientos: el sol no debe ponerse no sólo sobre la ira sino
sobre ningún otro pecado.
Es enteramente necesario que el
sol no condene por ningún pecado de día, ni la luna por ninguna
falta o incluso pensamiento nocturno. Para asegurarnos de esto,
es bueno escuchar y guardar lo que dice el apóstol: "Júzguense y
pruébense ustedes mismos" (2 Co 13,5). Por eso cada uno debe
hacer diariamente un examen de lo que ha hecho de día y de
noche; si ha pecado, deje de pecar; si no ha pecado, no se jacte
por ello. Persevere mas bien en la practica de lo bueno y no
deje de estar en guardia. No juzgue a su prójimo ni se declare
justo él mismo, como dice el santo apóstol Pablo, "Hasta que
venga el Señor y saque a luz lo que está escondido" (1 Co 4,5;
Rm 2,16). A menudo no tenemos conciencia de lo que hacemos;
nosotros no lo sabemos, pero el Señor conoce todo. Por eso
dejémosle el juicio a El, compadezcámonos mutuamente y "llevemos
los unos las cargas de los otros" (Ga 6,2). Juzguémonos a
nosotros mismo y, si vemos que hemos disminuido, esforcémonos
con toda seriedad para reparar nuestra deficiencia. Que esta
observación sea nuestra salvaguardia con el pecado: anotemos
nuestras acciones e impulsos del alma como si tuviéramos que dar
un informe a otro; pueden estar seguros que de pura vergüenza de
que esto se sepa, dejaremos de pecar y de seguir teniendo
pensamientos pecaminosos. ¿A quién le gusta que lo vean pecando?
¿Quién habiendo pecado, no preferiría mentir, esperando escapar
así a que lo descubran? Tal como no quisiéramos abandonarnos al
placer a vista de otros, así también si tuviéramos que escribir
nuestros pensamientos para decírselos a otro, nos guardaríamos
muchos de los malos pensamientos, de vergüenza de que alguien
los supiera. Que ese informe escrito sea, pues, como los ojos de
nuestros hermanos ascetas, de modo que al avergonzarnos al
escribir como si nos estuvieran viendo, jamás nos demos al mal.
Moldeándonos de esta manera, seremos capaces de llevar a nuestro
cuerpo a obedecernos (1 Co 9,27), para agradar al Señor y
pisotear las maquinaciones del enemigo.
MILAGROS EN EL DESIERTO
Estos eran los consejos a los
visitantes. Con los que sufrían se unía en simpatía y oración, y
a menudo y en muchos y variados casos, el Señor escuchó su
oración. Pero nunca se jactó cuando fue escuchado, ni se quejó
cuando no lo fue. Siempre dio gracias al Señor, y animaba a los
sufrientes a tener paciencia y a darse cuenta de que la curación
no era prerrogativa suya ni de nadie, sino sólo de Dios, que la
obra cuando quiere y a quienes El quiere. Los que sufrían se
satisfacían con recibir las palabras del anciano como curación,
pues aprendían a tener paciencia y a soporta el sufrimiento. Y
los que eran sanados, aprendían a dar gracias no a Antonio sino
sólo a Dios.
Había, por ejemplo, un hombre
llamado Frontón, oriundo de Palatium. Tenía una horrible
enfermedad: Se mordía continuamente la lengua y su vista se le
iba acortando. Llegó hasta la montaña y le pidió a Antonio que
rogara por él. Oró y luego Antonio le dijo a Frontón " Vete, vas
a ser sanado". Pero el insistió y se quedó durante días,
mientras Antonio seguía diciéndole: "No te vas a sanar mientras
te quedes aquí y cuando llegues a Egipto verás en ti el
milagro". El hombre se convenció por fin y se fue, al llegar a
la vista de Egipto desapareció su enfermedad. Sanó según las
instrucciones que Antonio había recibido del Señor mientras
oraba.
Una niña de Busiris en Trípoli
padecía de una enfermedad terrible y repugnante: una supuración
de ojos, nariz y oídos se transformaba en gusanos cuando caía al
suelo. Además su cuerpo estaba paralizado y sus ojos eran
defectuosos. Sus padres supieron de Antonio por algunos monjes
que iban a verlo, y teniendo fe en el Señor que sanó a la mujer
que padecía hemorragia ( Mt 9,20), les pidieron que pudieran ir
con su hija. Ellos consintieron. Los padres y la niña quedaron
al pie de la montaña con Pafnucio, el confesor y monje. Los
demás subieron, y cuando se disponían a hablarle de la niña, el
se les adelantó y les dijo todo sobre el sufrimiento de la niña
y de como había hecho el viaje con ellos. Entonces cuando le
preguntaron si esa gente podía subir, no se los permitió y sino
que dijo: "Vayan y, si no ha muerto, la encontrar n sana. No es
ciertamente mérito mío que ella halla querido venir donde un
infeliz como yo; no, en verdad; su curación es obra del Salvador
que muestra su misericordia en todo lugar a los que lo invocan.
En este caso el Señor ha escuchado su oración, y su amor por los
hombres me ha revelado que curar la enfermedad de la niña donde
ella está". En todo caso el milagro se realizó: cuando bajaron,
encontraron a los padres felices y a la niña en perfecta salud.
Sucedió que cuando los hermanos
estaban en viaje hacia él, se les acabó el agua durante el
viaje; uno murió y el otro estaba a punto de morir. Ya no tenía
fuerzas para andar, sino que yacía en el suelo esperando también
la muerte. Antonio, sentado en la montaña, llamó a dos monjes
que estaban casualmente sentados allí, y los apremió a
apresurarse: "Tomen un jarro de agua y corran abajo por el
camino a Egipto; venían dos, uno acaba de morir y el otro
también morir a menos que ustedes se apuren. Recién me fue
revelado esto en la oración". Los monjes fueron y hallaron a uno
muerto y lo enterraron. Al otro lo hicieron revivir con agua y
lo llevaron hasta el anciano. La distancia era de un día de
viaje. Ahora si alguien pregunta porque no habló antes de que
muriera el otro, su pregunta es injustificada. El decreto de
muerte no pasó por Antonio sino por Dios, que la determinó para
uno, mientras que revelaba la condición del otro. En cuanto a
Antonio, lo único admirable es que, mientras estaba en la
montaña con su corazón tranquilo, el Señor les mostró cosas
remotas.
En otra ocasión en que estaba
sentado en la montaña y mirando hacia arriba, vio en el aire a
alguien llevado hacia lo alto entre gran regocijo entre otros
que le salían al encuentro. Admirándose de tan gran multitud y
pensando que felices eran, oró para saber que era eso. De
repente una voz se dirigió a él diciéndole que era el alma de un
monje Ammón de Nitria, que vivió la vida ascética hasta edad
avanzada. Ahora bien, la distancia entre Nitria a la montaña
donde estaba Antonio, era de trece días de viaje. Los que
estaban con Antonio, viendo al anciano tan extasiado, le
preguntaron que significaba y el les contó que Ammón acababa de
morir.
Este era bien conocido, pues venía
ahí a menudo y muchos milagros fueron logrados por su
intermedio. El que sigue es un ejemplo: "Una vez tenía que
atravesar el río Licus en la estación de las crecidas; le pidió
a Teodor que se le adelantara para que no se vieran desnudos uno
a otro mientras cruzaban el río a nado. Entonces cuando Teodor
se fue, el se sentía todavía avergonzado por tener que verse
desnudo él mismo. Mientras estaba así desconcertado y
reflexionando, fue de repente transportado a la otra orilla.
Teodoro, también un hombre piadoso, salió del agua, y al ver al
otro lado al que había llegado antes que él y sin haberse mojado
se aferró a sus pies, insistiendo que no lo iba a soltar hasta
que se lo dijera. Notando la determinación de Teodoro,
especialmente, después de lo que le dijo, él insistió a su vez
para que no se lo dijera a nadie hasta su muerte, y así le
reveló que fue llevado y depositado en la orilla, que no había
caminado sobre el agua, ya que sólo esto es posible al Señor y a
quienes El se lo permite, como lo hizo en el caso del apóstol
Pedro (Mt 14,29). Teodoro relató esto después de la muerte de
Ammón.
Los monjes a los que Antonio les
habló sobre la muerte de Ammón, se anotaron el día, y cuando, un
mes después, los hermanos volvieron desde Nitria, preguntaron y
supieron que Ammón se había dormido en el mismo día y hora en
que Antonio vio su alma llevada hacia lo alto. Y tanto ellos
como los otros quedaron asombrados ante la pureza del alma de
Antonio, que podía saber de inmediato lo que había pasado trece
días antes y que era capaz de ver el alma llevada hacia lo alto.
En otra ocasión, el conde Arquelao
lo encontró en la montaña Exterior y le pidió solamente que
rezara por Policracia, la admirable virgen de Laodicea,
portadora de Cristo. Sufría mucho del estómago y del costado a
causa de su excesiva austeridad, y su cuerpo estaba reducido a
gran debilidad. Antonio oró y el conde anotó el día en que hizo
oración. Cuando volvió a Laodicea, encontró sana a la virgen.
Preguntando cuando se vio libre de su debilidad, sacó el papel
donde había anotado la hora de la oración. Cuando le
contestaron, inmediatamente mostró su anotación en el papel, y
todos se asombraron al reconocer que el Señor la había sanado de
su dolencia en el mismo momento en que Antonio estaba orando e
invocando la bondad del Salvador en su ayuda.
En cuanto a sus visitantes, con
frecuencia predecía su venida, días y a veces un mes antes,
indicando la razón de su visita. Algunos venían sólo a verlo,
otros a causa de sus enfermedades, y otros, atormentados por los
demonios. Y nadie consideraba el viaje demasiado molesto o que
fuera tiempo perdido; cada uno volvía sintiendo que había
recibido ayuda. Aunque Antonio tenía estos poderes de palabra y
visión, sin embargo suplicaba que nadie lo admirara por esta
razón, sino mas bien admirara al Señor, porque El nos escucha a
nosotros, que sólo somos hombres, a fin de conocerlo lo mejor
que podamos.
En otra ocasión había bajado de
nuevo para visitar las celdas exteriores. Cuando fue invitado a
subir a un barco y orar con los monjes, sólo él percibió un olor
horrible y sumamente penetrante. La tribulación dijo que había
pescado y alimento salado a bordo y que el olor venía de eso,
pero él insistió que el olor era diferente. Mientras estaba
hablando, un joven que tenía un demonio y había subido a bordo
poco antes como polizón, de repente soltó un chillido.
Reprendido en el nombre de nuestro Señor Jesucristo, el demonio
se fue y el hombre volvió a la normalidad; todos entonces se
dieron cuenta de que el hedor venía del demonio.
Otra vez un hombre de rango fue
donde él, poseído de un demonio. En este caso el demonio era tan
terrible que el poseso no estaba consciente de que iba hacia
Antonio. Incluso llegaba a devorar sus propios excrementos. El
hombre que lo llevó donde Antonio le rogó que orara por él.
Sintiendo compasión por el joven, Antonio oró y pasó con él toda
la noche. Hacia el amanecer el joven de repente se lanzó sobre
Antonio y le dio un empujón. Sus compañeros se enojaron ante
eso, pero Antonio dijo: "No se enojen con el joven, porque no es
él el responsable sino el demonio que está en él. Al ser
increpado y mandado irse a lugares desiertos, se volvió furioso
e hizo esto. Den gracias al Señor, porque el atacarme de este
modo es una señal de la partida del demonio". Y en cuanto
Antonio dijo esto, el joven volvió a la normalidad. Vuelto en sí
se dio cuenta donde estaba, abrazó al anciano y dio gracias a
Dios.
VISIONES
Son numerosas las historias, por
lo demás todas concordes, que los monjes han trasmitido sobre
muchas otras cosas semejantes que él obró. Y ellas, sin embargo,
no parecen tan maravillosas como otras aún más maravillosas. Un
a vez, por ejemplo, a la hora nona, cuando se puso de pie para
orar antes de comer, se sintió transportado en espíritu y,
extraño es decirlo, se vio a sí mismo y se hallara fuera de sí
mismo y como si otros seres lo llevaran en los aires. Entonces
vio también otros seres terribles y abominables en el aire, que
le impedían el paso. Como sus guías ofrecieron resistencia, los
otros preguntaron con qué pretexto quería evadir su
responsabilidad ante ellos. Y cuando comenzaron ellos mismos a
tomarles cuentas desde su nacimiento, intervinieron los guías de
Antonio: "Todo lo que date desde su nacimiento, el Señor lo
borró; pueden pedirle cuentas desde cuando comenzó a ser monje y
se consagró a Dios. Entonces comenzaron a presentar acusaciones
falsas y como no pudieron probarlas, tuvieron que dejarle libre
el paso. Inmediatamente se vio así mismo acercándose –a lo
menos, así le pareció– y juntándose consigo mismo, y así volvió
Antonio a la realidad.
Entonces, olvidándose de comer,
pasó todo el resto del día y toda la noche suspirando y orando.
Estaba asombrado de ver contra cuantos enemigos debemos luchar y
qué trabajos tiene uno para poder abrirse paso por los aires.
Recordó que esto es lo que dice el apóstol: "De acuerdo al
príncipe de las potencias del aire" (Ef 2,2). Ahí está
precisamente el poder del enemigo, que pelea y trata de detener
a los que intentan pasar. Por eso el mismo apóstol da también su
especial advertencia: "Tomen la armadura de Dios que los haga
capases de resistir en el día malo" (Ef 6,13), y "no teniendo
nada malo que decir de nosotros el enemigo, pueda ser dejado en
vergüenza" (Tt 2,8). Y los que hemos aprendido esto, recordemos
lo que el mismo apóstol dice: "No sé si fue llevado con cuerpo o
sin él, Dios lo sabe" (2 Co 2,12). Pero Pablo fue llevado al
tercer cielo y escuchó "palabras inefables" (2 Co 12,2.4), y
volvió, mientras que Antonio se vio a sí mismo entrando en los
aires y luchando hasta que quedó libre.
En otra ocasión tuvo este favor de
Dios. Cuando solo en la montaña y reflexionando, no podía
encontrar alguna solución, la Providencia se la revelaba en
respuesta a su oración; el santo varón era, con palabras de la
Escritura, "Enseñado por Dios" (Is 54,13; Jn 6,45; 1 Ts 4,9).
Así favorecido, tuvo una vez una discusión con unos visitantes
sobre la vida del alma y qué lugar tendría después de la vida. A
la noche siguiente le llegó un llamado desde lo alto: "¡Antonio,
sal fuera y mira!". El salió, pues distinguía los llamados que
debía escuchar, y mirando hacia lo alto vio una enorme figura,
espantosa y repugnante, de pie, que alcanzaba las nubes, y
además vio ciertos seres que subían como con alas. La primera
figura extendía sus manos, y algunos de los seres eran detenidos
por ella, mientras otros volaban sobre ella y, habiéndola
sobrepasado, seguían ascendiendo sin mayor molestia. Contra ella
el monstruo hacía rechinar sus dientes, pero se alegraba por los
otros que habían caído. En ese momento una voz se dirigió a
Antonio: "¡Comprende la visión!" (Dn 9,23). Se abrió su
entendimiento (Lc 24,45) y se dio cuenta que ese era el paso de
las almas y de que el monstruo que allí estaba era el enemigo,
en envidioso de los creyentes. Sujetaba a los que le
correspondían y no los dejaba pasar, pero a los que no había
podido dominar, tenía que dejarlo pasar fuera de su alcance.
Habiéndolo visto esto y tomándolo
como advertencia, luchó aún más para adelantar cada día lo que
le esperaba.
No tenía ninguna inclinación a
hablar a cerca de estas cosas a la gente. Pero cuando había
pasado largo tiempo en oración y estado absorto en toda esa
maravilla, y sus compañeros insistían y lo importunaban para que
hablara, estaba forzado a hacerlo. Como padre no podía guardar
un secreto ante sus hijos. Sentía que su propia conciencia era
limpia y que contarles esto podría servirles de ayuda.
Conocerían el buen fruto de la vida ascética, y que a menudo las
visiones son concedidas como compensación por las privaciones.
DEVOCIÓN DE ANTONIO A LOS
MINISTROS DE LA IGLESIA
Era
paciente por disposición y humilde de corazón. Siendo hombre
de tanta fama, mostraba, sin embargo, el más profundo
respeto a los ministros de la Iglesia, y exigía que a todo
clérigo se le diera más honor que a él. No se avergonzaba de
inclinar su cabeza ante obispos y sacerdotes. Incluso si
algún di cono llegaba donde él a pedirle ayuda, conversaba
con él lo que fuera provechoso, pero cuando llegaba la
oración le pedía que presidiera, no teniendo vergüenza de
aprender. De hecho, a menudo planteó cuestiones inquiriendo
los puntos de vista de sus compañeros, y si sacaba provecho
de lo que el otro decía, se lo agradecía.
Su
rostro tenía un encanto grande e indescriptible. Y el
Salvador le había dado este don por añadidura: si se hallaba
presente en una reunión de monjes y alguno a quien no
conocía deseaba verlo, ese tal en cuanto llegaba pasaba por
alto a los demás, como atraído por sus ojos. No era ni su
estatura ni su figura las que lo hacían destacar sobre los
demás, sino su carácter sosegado y la pureza de su alma.
Ella era imperturbable y así su apariencia externa era
tranquila. El gozo de su alma se transparentaba en la
alegría de su rostro, y por la forma de expresión de su
cuerpo se sabía y se conocía la estabilidad de su alma, como
lo dice la Escritura: "Un corazón contento alegra el rostro,
uno triste deprime el espíritu" (Pr 15,13). También Jacob
observó que Labán estaba tramando algo contra él y dijo a
sus mujeres: "Veo que el padre de ustedes no me mira con
buenos ojos" (Gn 31,5). También Samuel reconoció a David
porque tenía los ojos que irradiaban alegría y dientes
blancos como la leche (1 S 16,12; Gn 49,12). Así también era
reconocido Antonio: nunca estaba agitado, pues su alma
estaba en paz, nunca estaba triste, porque había alegría en
su alma.
ECUANIMIDAD DE SU CARÁCTER
Era paciente por disposición y
humilde de corazón. Siendo hombre de tanta fama, mostraba, sin
embargo, el más profundo respeto a los ministros de la Iglesia,
y exigía que a todo clérigo se le diera más honor que a él. No
se avergonzaba de inclinar su cabeza ante obispos y sacerdotes.
Incluso si algún di cono llegaba donde él a pedirle ayuda,
conversaba con él lo que fuera provechoso, pero cuando llegaba
la oración le pedía que presidiera, no teniendo vergüenza de
aprender. De hecho, a menudo planteó cuestiones inquiriendo los
puntos de vista de sus compañeros, y si sacaba provecho de lo
que el otro decía, se lo agradecía.
Su rostro tenía un encanto grande
e indescriptible. Y el Salvador le había dado este don por
añadidura: si se hallaba presente en una reunión de monjes y
alguno a quien no conocía deseaba verlo, ese tal en cuanto
llegaba pasaba por alto a los demás, como atraído por sus ojos.
No era ni su estatura ni su figura las que lo hacían destacar
sobre los demás, sino su carácter sosegado y la pureza de su
alma. Ella era imperturbable y así su apariencia externa era
tranquila. El gozo de su alma se transparentaba en la alegría de
su rostro, y por la forma de expresión de su cuerpo se sabía y
se conocía la estabilidad de su alma, como lo dice la Escritura:
"Un corazón contento alegra el rostro, uno triste deprime el
espíritu" (Pr 15,13). También Jacob observó que Labán estaba
tramando algo contra él y dijo a sus mujeres: "Veo que el padre
de ustedes no me mira con buenos ojos" (Gn 31,5). También Samuel
reconoció a David porque tenía los ojos que irradiaban alegría y
dientes blancos como la leche (1 S 16,12; Gn 49,12). Así también
era reconocido Antonio: nunca estaba agitado, pues su alma
estaba en paz, nunca estaba triste, porque había alegría en su
alma.
POR LEALTAD A LA FE, ANTONIO
INTERVIENE EN LA LUCHA ANTIARRIANA
En asuntos de fe, su devoción era
sumamente admirable. Por ejemplo, nunca tuvo nada que hacer con
los cismáticos melecianos, sabedor desde el comienzo de su
maldad y apostasía. Tampoco tuvo ningún trato amistoso con los
maniqueos ni con otros herejes, a excepción únicamente de las
amonestaciones que les hacía para que volvieran a la verdadera
fe. Pensaba y enseñaba que amistad y asociación con ellos
perjudicaban y arruinaban su alma. También detestaba la herejía
de los arrianos, y exhortaba a todos a no acercárseles ni a
compartir su perversa creencia. Una vez, cuando uno de esos
impíos arrianos llegaron donde él, los interrogó detalladamente;
y al darse cuenta de su impía fe, los echó de la montaña,
diciendo que sus palabras era peores que veneno de serpientes.
Cuando en una ocasión los arrianos
esparcieron la mentira de que compartía sus mismas opiniones,
demostró que estaba enojado e irritado contra ellos.
Respondiendo al llamado de los obispos y de todos los hermanos,
bajó de la montaña y entrando en Alejandría denunció a los
arrianos. Decía que su herejías era la peor de todas y
precursora del anticristo. Enseñaba al pueblo que el Hijo de
Dios no es una criatura ni vino al ser "de la no existencia",
sino que "El es la eterna Palabra y Sabiduría de la
sustancia
del Padre. Por eso es impío decir: 'hubo un tiempo en que no
existía', pues la Palabra fue siempre coexistente con el Padre.
Por eso, no se metan para nada con estos arrianos sumamente
impíos; simplemente, 'no hay comunidad entre luz y tinieblas' (2
Co 6,14). Ustedes deben recordar que son cristianos temerosos de
Dios, pero ellos, al decir que el Hijo y la Palabra de Dios
Padre es una criatura, no se diferencian de los paganos 'que
adoran la criatura en lugar del Dios creador' (Rm 1,25). Estén
seguros de que toda la creación está irritada contra ellos,
porque cuentan entre las cosas creadas al Creador y Señor de
todo, por quien todas las cosas fueron creadas" (Col 1,16).
Todo el pueblo se alegraba al
escuchar a semejante hombre anatemizar la herejía que luchaba
contra Cristo. Toda la ciudad corría para ver a Antonio. También
los paganos e incluso los mal llamados sacerdotes, iban a la
Iglesia diciéndose: "Vamos a ver al varón de Dios", pues así lo
llamaban todos. Además, también allí el Señor obró por su
intermedio expulsiones de demonios y curaciones de enfermedades
mentales. Muchos paganos querían tocar al anciano, confiando en
que serían auxiliados, y en verdad hubo tantas conversiones en
eso pocos días como no se las había visto en todo un año.
Algunos pensaron que la multitud lo molestaba y por eso trataron
de alejar a todos de él, pero él, sin incomodarse, dijo: "Toda
esta gente no es más numerosa que los demonios contra los que
tenemos que luchar en la montaña".
Cuando se iba y lo estábamos
despidiendo, al llegar a la puerta una mujer detrás de nosotros
le gritaba: "¡Espera varón de Dios mi hija está siendo
atormentada terriblemente por un demonio! ¡Espera, por favor, o
me voy a morir corriendo!". El anciano la escuchó, le rogamos
que se detuviera y el accedió con gusto. Cuando la mujer se
acercó, su hija era arrojada al suelo. Antonio oró, e invocó
sobre ella el nombre de Cristo; la muchacha se levantó sana y el
espíritu impuro la dejó. La madre alabó a Dios y todos dieron
gracias. y él también contento partió a la Montaña, a su propio
hogar.
LA VERDADERA SABIDURÍA
Tenía también un grado muy alto de
sabiduría práctica. Lo admirable era que, aunque no tuvo
educación formal, poseía ingenio y comprensión despiertos. Un
ejemplo: Una vez llegaron donde él dos filósofos griegos,
pensando que podían divertirse con Antonio. Cuando él, que por
ese entonces vivía en la Montaña Exterior, catalogó a los
hombres por su apariencia, salió donde ellos y les dijo por
medio de un intérprete: " ¿Por qué filósofos, se dieron tanta
molestia en venir donde un hombre loco?. Cuando ellos le
contestaron que no era loco sino muy sabio, él les dijo: "Si
ustedes vinieron donde un loco, su molestia no tiene sentido;
pero si piensan que soy sabio, entonces háganse lo que yo soy,
porque hay que imitar lo bueno. En verdad, si yo hubiera ido
donde ustedes, los habría imitado; a la inversa, ahora que
ustedes vinieron donde mí, conviértanse en lo que soy: yo soy
cristiano". Ellos se fueron, admirados de él, vieron que los
demonios temían a Antonio.
También otros de la misma clase
fueron a su encuentro en la Montaña Exterior y pensaron que
podían burlarse de él porque no tenía educación. Antonio les
dijo: "Bien, que dicen ustedes: ¿qué es primero, el sentido o la
letra? ¿Y cuál es el origen de cuál?: ¿El sentido de la letra o
la letra del sentido?. Cuando ellos expresaron que el sentido es
primero y origen de la letra, Antonio dijo: "Por eso quien tiene
una mente sana no necesita las letras. Esto asombró a ellos y a
los circunstantes. Se fueron admirados de ver tal sabiduría en
un hombre iletrado. Porque no tenía las maneras groseras de
quien a vivido y envejecido en la montaña, sino que era un
hombre de gracia y cortesía. Su hablar estaba sosegado con la
sabiduría divina (Col 4,6), de modo que nadie le tenía mala
voluntad, sino que todos se alegraban de haber ido en su busca.
Y por cierto, después de éstos
vinieron otros todavía. Eran de aquellos que de entre los
paganos tienen reputación de sabios. Le pidieron que planteara
una controversia sobre nuestra fe en Cristo. Cuando trataban de
argüir con sofismas a partir de la predicación de la divina Cruz
con el fin de burlarse, Antonio guardó silencio por un momento
y, compadeciéndose primero de su ignorancia, dijo luego a través
de un intérprete que hacía una excelente traducción de sus
palabras: "Qué es mejor: ¿confesar la Cruz o atribuir adulterio
o pederastias a sus mal llamados dioses? Pues mantener lo que
mantenemos es signo de espíritu viril y denota desprecio de la
muerte, mientras que lo que ustedes pretenden habla sólo de sus
pasiones desenfrenadas. Otra vez, qué es mejor: ¿decir que la
Palabra de Dios inmutable quedó la misma al tomar el cuerpo
humano para la salvación y bien de la humanidad, de modo que al
compartir el nacimiento humano pudo hacer a los hombres
partícipes de la naturaleza divina y espiritual (2 P 1,4), o
colocar lo divino en un mismo nivel que los seres insensibles y
adorar por eso a bestias y reptiles e imágenes de hombres?.
Precisamente eso son los objetos adorados por sus hombres
sabios. ¿Con qué derecho vienen a rebajarnos porque afirmamos
que Cristo pereció como hombre, siendo que ustedes hacen
provenir el alma del cielo, diciendo que se extravió y cayó
desde la bóveda del cielo al cuerpo? ¡Y ojal que fuera sólo el
cuerpo humano, y que no se cambiara o migrara en el de bestia y
serpientes!. Nuestra fe declara que Cristo vino para la
salvación de las almas, pero ustedes erróneamente teorizan
acerca de un alma increada. Creemos en el poder de la
Providencia y en su amor por los hombres y que esa venida por
tanto no era imposible para Dios; pero ustedes llamando al alma
imagen de la Inteligencia, le impulsan caídas y fabrican mitos
sobre su posibilidad de cambios. Como consecuencia, hacen a la
inteligencia misma mutable a causa del alma. Porque en cuanto
era imagen debe ser aquello a cuya imagen es. Pero si ustedes
piensan semejantes cosas acerca de la Inteligencia, recuerden
que blasfeman del Padre de la Inteligencia.
"Y referente a la Cruz, qué dicen
ustedes que es mejor: ¿soportar la cruz, cuando hombres malvados
echan mano de la traición, y no vacilar ante la muerte de
ninguna manera o forma, o fabricar fábulas sobre las andanzas de
Isis u Osiris, las conspiraciones de Tifón, la expulsión de
Cronos, con sus hijos devorados y parricidios?. Sí, ¡aquí
tenemos su sabiduría!
¿Y por qué mientras se ríen de la
Cruz, no se maravillan de la Resurrección? Porque los mismos que
nos trasmitieron un suceso, escribieron también sobre el otro.
¿O por qué mientras se acuerdan de la Cruz, no tiene nada que
decir sobre los muertos devueltos a la vida, los ciegos que
recuperaron la vista, los paralíticos que fueron sanados y los
leprosos que fueron limpiados, el caminar sobre el mar, y los
demás signos y milagros que muestran a Cristo no como hombre
sino como Dios? En todo caso me parece que ustedes se engañan
así mismos y que no tienen ninguna familiaridad real con
nuestras Escrituras. Pero léanlas y vean que cuanto Cristo hizo
prueba que era Dios que habitaba con nosotros para la salvación
de los hombres.
Pero háblennos también ustedes
sobre sus propias enseñanzas. Aunque ¿que pueden decir de las
cosas insensibles sino insensateces y barbaridades?. Pero si,
como oigo, quieren decir que entre ustedes tales cosas se hablan
en sentido figurado, y así convierten el rapto de Coré en
alegoría de la tierra; la cojera de Hefestos, del sol; a Hera,
del aire; a Apolo, del sol; a Artemisa, de la luna; y a
Poseidón, del mar: aún así no adoran ustedes a Dios mismo, sino
que sirven a la criatura en lugar del Dios que creó todo. Pues
si ustedes han compuesto tales historias porque la creación es
hermosa, no debían haber ido mas allá de admirarla, y no hacer
dioses de las criaturas para no dar a las cosas hechas el honor
del Hacedor. En ese caso, ya sería tiempo que dieran el honor al
debido arquitecto, a la casa construidas por él, o el honor
debido al general, a los soldados. Ahora, ¿qué tienen que decir
a todo esto? Así sabremos si la Cruz tiene algo que sirva para
burlase de ella".
Ellos estaban desconcertados y le
daban vueltas al asunto de una y otra forma. Antonio sonrió y
dijo, de nuevo a través de un intérprete: "Sólo con ver las
cosas ya se tiene la prueba de todo lo que he dicho. Pero dado
que ustedes, por supuesto, confían absolutamente en las
demostraciones, y es éste un arte en que ustedes son maestros, y
ya que nos exigen no adorar a Dios sin argumentos demostrativos,
díganme esto primero. ¿Cómo se origina el conocimiento preciso
de las cosas, en especial el conociendo de Dios? ¿Es por una
demostración verbal o por un acto de fe? Y qué viene primero:
¿el acto de fe o la demostración verbal?". Cuando replicaron que
el acto de fe precede y que esto constituye un conocimiento
exacto, Antonio, dijo: "¡Bien respondido! La fe surge de la
disposición del alma, mientras la dialéctica vine de la
habilidad de los que la idean. De acuerdo a esto, los que poseen
una fe activa no necesitan argumentos de palabras, y
probablemente los encuentran incluso superfluos. Pues lo que
aprendemos por la fe, tratan ustedes de construirlo con
argumentaciones, y a menudo ni siquiera pueden expresar lo que
nosotros percibimos. La conclusión es que una fe activa es mejor
y más fuerte que sus argumentos sofistas.
"Los cristianos, por eso, poseemos
el misterio, no basándonos en la razón de la sabiduría griega (1
Co 1,17), sino fundado en el poder de una fe que Dios nos ha
garantido por medio de Jesucristo. Por lo que hace a la verdad
de la explicación dada, noten como nosotros, iletrados, creemos
en Dios, reconociendo su Providencia a partir de sus obras. Y en
cuanto a que nuestra fe es algo efectivo, noten que nos apoyamos
en nuestra fe en Cristo, mientras que ustedes lo hacen basados
en disputas o palabras sofísticas; sus ídolos fantasmas están
pasando de moda, pero nuestra fe se difunde en todas partes.
Ustedes con todos sus silogismos y sofisma no convierten a nadie
del cristianismo al paganismo, pero nosotros, enseñando la fe en
Cristo, estamos despojando a sus dioses del miedo que
inspiraban, de modo que todos reconocen a Cristo como Dios e
Hijo de Dios. Ustedes en toda su elegante retórica, no impiden
la enseñanza de Cristo, pero nosotros, con sólo mencionar el
nombre de Cristo crucificado, expulsamos a los demonios que
ustedes veneran como dioses. Donde aparece el signo de la Cruz,
allí la magia y la hechicería son impotentes y sin efecto.
"En verdad, dígannos, ¿dónde
quedaron sus oráculos? ¿Dónde los encantamientos de los
egipcios? ¿Dónde sus ilusiones y fantasmas de los magos? ¿Cuándo
terminaron estas cosas y perdieron su significado? ¿No fue acaso
cuando llegó la Cruz de Cristo? Por eso, es ella la que merece
desprecio y no mas bien lo que ella ha echado abajo, demostrando
su impotencia? También es notable el echo de que la religión de
ustedes jamás fue perseguida; al contrario en todas partes goza
de honor entre los hombres. Pero los seguidores de Cristo son
perseguidos, y sin embargo es nuestra causa la que florece y
prevalece, no la suya. Su religión, con toda la tranquilidad y
protección que goza, está muriéndose, mientras la fe y enseñanza
de Cristo, despreciadas por ustedes a menudo perseguidas por los
gobernantes, han llenado el mundo. ¿En qué tiempo resplandeció
tan brillantemente el conocimiento de Dios? ¿O en qué tiempo
aparecieron la continencia y la virtud de la virginidad? ¿O
cuándo fue despreciada la muerte como cuando llegó la Cruz de
Cristo? Y nadie duda de esto al ver a los mártires que
desprecian la muerte por causa de Cristo, o al ver a las
vírgenes de la Iglesia que por causa de Cristo guardan sus
cuerpos puros y sin mancilla.
"Estas pruebas bastan para
demostrar que la fe en Cristo es la única religión verdadera.
Pero aquí están ustedes, los que buscan conclusiones basadas en
el razonamiento , ustedes que no tienen fe. Nosotros no buscamos
pruebas, tal como dice nuestro maestro, con palabras persuasivas
de sabiduría humana (1 Co 2,4), sino que persuadimos a los
hombres por la fe, fe que precede tangiblemente todo
razonamiento basado en argumentos. Vean, aquí hay algunos que
son atormentados por los demonios". Estos eran gente que habían
venido a verlo y que sufrían a causa de los demonios;
haciéndolos adelantarse, dijo: "O bien, sánenlos con sus
silogismos, o cualquier magia que deseen, invocando a sus
ídolos; o bien, si no pueden, dejen de luchar contra nosotros y
vean el poder de la Cruz de Cristo". Después de decir esto,
invocó a Cristo e hizo sobre los enfermos la señal de la Cruz,
repitiendo la acción por segunda y tercera vez. De inmediato las
personas se levantaron completamente sanas, vueltas a su mente y
dando gracias al Señor. Los mal llamados filósofos estaban
asombrados y realmente atónitos por la sagacidad del hombre y
por el milagro realizado. Pero Antonio les dijo: " ¿Por qué se
maravillan de esto? No somos nosotros sino Cristo quien hace
esto a través de los que creen en El. Crean ustedes también y
verán que no es palabrería la que tenemos, sino fe que por la
caridad obrada por Cristo (Ga 5,6); si ustedes también hacen
suyo esto, no necesitarán ya andar buscando argumentos de la
razón, sino que hallarán que la fe en Cristo es suficiente". Así
habló Antonio. Cuando partieron, lo admiraron, lo abrazaron y
reconocieron que los había ayudado.
LOS EMPERADORES ESCRIBEN A ANTONIO
La fama de Antonio llegó hasta los
emperadores. Cuando Constantino Augusto y sus hijos Constancio
Augusto y Constante Augusto, oyeron están cosas, le escribían
como a un padre, rogándole que les contestara. El, sin embargo,
no dio mucha importancia a los documentos ni se alegró por las
cartas; siguió siendo el mismo que antes de que le escribiera el
emperador. Cuando le llevaron los documentos, llamó a los monjes
y dijo: "No deben sorprenderse si un emperador nos escribe,
porque es hombre; deberían sorprenderse de que Dios haya escrito
la ley para la humanidad y nos haya hablado por medio de su
propio Hijo". En verdad, ni quería recibir cartas, diciendo que
no sabía qué contestar. Pero los monjes le persuadieron
haciéndole presente que los emperadores eran cristianos y que se
ofenderían al ser ignorados; entonces accedió a que se las
leyeran. Y contestó, recomendándoles que dieran culto a Cristo y
dándoles el saludable consejo de no apreciar demasiado las cosas
de este mundo sino más bien recordar el juicio venidero, y saber
que sólo Cristo es el Rey verdadero y eterno. Les rogaba que
fueran humanos y que hicieran caso de la justicia y de los
pobres. Y ellos estuvieron felices de recibir la respuesta. Por
eso era amado por todos, y todos deseaban tenerlo como padre.
ANTONIO PREDICE LOS ESTRAGOS DE LA
HEREJÍA ARRIANA
Dando tal razón de sí mismo y
contestando así a los que lo buscaban, volvió a la Montaña
Interior. Continuó observando sus antiguas prácticas ascéticas,
y a menudo, cuando estaba sentado o caminando con visitantes, se
quedaba mudo, como está escrito en el libro de Daniel (Dn 4,16
LXX). Después de un tiempo, retomaba lo que había estado
diciendo a los hermanos que estaban con él, y los presentes se
daban cuenta de que había tenido una visión. Pues a menudo
cuando estaba en la montaña veía cosas que sucedían en Egipto,
como se las confesó al obispo Serapión, cuando este se
encontraba en la Montaña Interior y vio a Antonio en trance de
visión.
En una ocasión, por ejemplo,
mientras estaba sentado trabajando, tomó la apariencia de
alguien que está en éxtasis, y se lamentaba continuamente por lo
que veía. Después de algún tiempo volvió en sí, lamentándose y
temblando, y se puso a orar postrado, quedando largo tiempo en
esa posición. Y cuando se incorporó, el anciano estaba llorando.
Entonces los que estaban con él se agitaron y alarmaron
muchísimo, y lee preguntaron que pasaba; lo urgieron por tanto
tiempo que lo obligaron a hablar. Suspirando profundamente,
dijo: "Oh, hijos míos, sería mejor morir antes de que sucedieran
estas cosas de la visión". Cuando ellos le hicieron más
preguntas, dijo entre l grimas: "La ira de Dios está a punto de
golpear a la Iglesia, y ella está a punto de ser entregada a
hombres que son como bestias insensibles. Pues vi la mesa de la
casa del Señor y había mulas en torno rodeándolas por todas
partes y dando coces con sus cascos a todo lo que había dentro,
tal como el coceo de una manada briosa que galopaba
desenfrenada. Ustedes oyeron cómo me lamentaba; es que escuché
una voz que decía: "Mi altar será profanado".
Así habló el anciano. Y dos años
después llegó el asalto de los arrianos y el saqueo de las
Iglesias, cuando se apoderaron a la fuerza de los vasos y los
hicieron llevar por los paganos; cuando también forzaron a los
paganos de sus tiendas para ir a sus reuniones y en su presencia
hicieron lo que se les antojó sobre la sagrada mesa. Entonces
todos nos dimos cuenta de que el coceo de mulas predicho por
Antonio era lo que los arrianos están haciendo como bestias
brutas.
Cuando tuvo esta visión, consoló a
sus compañeros: "No se descorazonen, hijos míos, aunque el Señor
ha estado enojado, nos restablecer después. Y la Iglesia se
recobrar rápidamente la belleza que le es propia y resplandecer
con su esplendor acostumbrado. Verán a los perseguidos
restablecido y a la irreligión retirándose de nuevo a sus
propias guaridas, y a la verdadera fe afirmándose en todas
partes con completa libertad. Pero tengan cuidado de no dejarse
manchar con los arrianos. Toda su enseñanza no es de los
Apóstoles sino de los demonios y de su padre, el diablo. Es
estéril e irracional, y le falta inteligencia, tal como les
falta el entendimiento a las mulas.
ANTONIO, TAUMATURGO DE DIOS Y
MÉDICO DE ALMAS
Tal es la historia de Antonio. No
deberíamos ser escépticos porque sea a través de un hombre que
han sucedido estos grandes milagros. Pues es la promesa del
Salvador: "Si tienen fe aunque sea como un grano de mostaza, le
dirán a ese monte: ¡Muévete de aquí!, y se mover ; nada les ser
imposible" (Mt 17,20). Y también: "En verdad, les digo: Todo lo
que le pidan al Padre en mi nombre, El se los dar ... Pidan y
recibirán" (Jn 16,23 ss.). El es quien dice a sus discípulos y a
todos los que creen en El: "Sanen a los enfermos..., echen fuera
a los demonios; gratis lo recibieron, gratis tienen que darlo" (Mt
8,10).
Antonio, pues, sanaba no dando
órdenes sino orando e invocando el nombre de Cristo, de modo de
que para todo era claro que no era él quien actuaba sino el
Señor quien mostraba su amor por los hombres sanando a los que
sufrían, por intermedio de Antonio. Antonio se ocupaba sólo de
la oración y de la práctica de la ascesis, por esta razón
llevaba su vida montañesa, feliz en la contemplación de las
cosas divinas, y apenado de que tantos lo perturbaban y lo
forzaban a salir a la Montaña Exterior.
Los jueces, por ejemplo, le
rogaban que bajara de la montaña, ya que para ellos era
imposible ir para allá a causa del séquito de gente envueltas en
pleito. Le pidieron que fuera a ellos para que pudieran verlo.
El trató de librarse del viaje y les rogó que lo excusaran de
hacerlo. Ellos insistieron, sin embargo, incluso le mandaron
procesados con escoltas de soldados, para que en consideración a
ellos se decidiera a bajar. Bajo tal presión, y viéndolos
lamentarse, fue a la Montaña Exterior. De nuevo la molestia que
se tomó no fue en vano, pues ayudo a muchos y su llegada fue
verdadero beneficio. Ayudó a los jueces aconsejándoles que
dieran a la justicia precedencia a todo lo demás, que temieran a
Dios y que recordaran que "serían juzgados con la medida con que
juzgaran" (Mt 7,12). Pero amaba su vida montañesa por encima de
todo.
Una vez importunado por personas
que necesitaban su ayuda y solicitado por el comandante militar
que envió mensajeros a pedirle que bajara, fue y habló algunas
palabras acerca de la salvación y a favor de los que lo
necesitaban, y luego se dio prisa para irse. Cuando el duque,
como lo llaman, le rogó que se quedara, le contestó que no podía
pasar más tiempo con ellos, y los satisfizo con esta hermosa
comparación: "Tal como un pez muere cuando está un tiempo en
tierra seca, así también los monjes se pierden cuando
holgazanean y pasan mucho tiempo entre ustedes. Por eso tenemos
que volver a la montaña, como el pez al agua. De otro modo, si
nos entretenemos podemos perder de vista la vida interior. El
comandante al escucharle esto y muchas otras cosas más, dijo
admirado que era verdaderamente siervo de Dios, pues, ¿de dónde
podía un hombre ordinario tener una inteligencia tan
extraordinaria si no fuera amado por Dios?
Había una vez un comandante –Balacio
era su nombre–, que era como los partidario de los execrables
arrianos perseguía duramente a los cristianos. En su barbarie
llegaba a azotar a las vírgenes y desnudar y azotar a los
monjes. Entonces Antonio le envió una carta diciéndole lo
siguiente: "Veo que el juicio de Dios se te acerca; deja, pues,
de perseguir a los cristianos para que no te sorprenda el
juicio; ahora está a punto de caer sobre ti". Pero Balacio se
echó a reír, tiró la carta al suelo y la escupió, maltrató a los
mensajeros y les ordenó que llevaran este mensaje a Antonio:
"Veo que estás muy preocupados por los monjes, vendré también
por ti". No habían pasado cinco días cuando el juicio de Dios
cayó sobre él. Balacio y Nestorio, prefecto de Egipto, habían
salido a la primera estación fuera de Alejandría, llamada Chereu;
ambos iban a caballo. Los caballos pertenecían a Balacio y eran
los más mansos que tenía. No habían llegado todavía al lugar,
cuando los caballos, como acostumbraban a hacerlo, comenzaron a
retozar uno contra otro, y de repente el más manso de los dos,
que cabalgaba Nestorio, mordió a Balacio, lo echó abajo y lo
atacó. Le rasgó el muslo tan malamente con sus dientes, que
tuvieron que llevarlo de vuelta a la ciudad, donde murió después
de tres días. Todos se admiraron de que lo dicho por Antonio se
cumpliera tan rápidamente.
Así dio escarmiento a los duros.
Pero en cuanto a los demás que acudían a él, sus íntimas y
cordiales conversaciones con ellos lo hacían olvidar sus
litigios y hacían considerar felices a los que abandonaban la
vida del mundo. De tal modo luchaba por la causa de los
agraviados que se podía pensar qué el mismo y no los otros era
la parte agraviada. Además tenía tal don para ayudar a todos,
que muchos militares y hombres de gran influjo abandonaban su
vida agraviosa y se hacían monjes. Era como si Dios hubiera dado
un médico a Egipto. ¿Quién acudió a él con dolor sin volver con
alegría? ¿Quién llegó llorando por sus muertos y no echó fuera
inmediatamente su duelo? ¿Hubo alguno que llegara con ira y no
la transformara en amistad? ¿Que pobre o arruinado fue donde él,
y al verlo y oírlo no despreció la riqueza y se sintió consolado
en su pobreza? ¿Qué monje negligente no ganó nuevo fervor al
visitarlo? ¿Qué joven, llegando a la montaña y viendo a Antonio,
no renunció tempranamente al placer y comenzó a amar la
castidad? ¿Quién se le acercó atormentado por un demonio y no
fue librado? ¿Quién llegó con un alma torturada y no encontró la
paz del corazón?
Era algo único en la práctica
ascética de Antonio que tuviera, como establecí antes, el don de
discernimientos de espíritus. Reconocía sus movimientos y sabía
muy bien en que dirección llevaba cada uno de ellos su esfuerzo
y ataque. No sólo que él mismo fue no fue engañado por ellos,
sino que, alentando a otros que eran hostigados en sus
pensamientos, les enseñó como resguardarse de sus designios,
describiendo la debilidad y ardides de espíritus que practicaban
la posesión. Así cada uno se marchaba como ungido por él y lleno
de confianza para la lucha contra los designios del diablo y sus
demonios.
¡Y cuántas jóvenes que tenían
pretendientes pero vieron a Antonio sólo de lejos, quedaron
vírgenes por Cristo! La gente llegaba donde él también de
tierras extrañas, y también ellos recibían ayuda como los demás,
retornando como enviados en un camino por un padre. Y en verdad,
y ahora que ya partió, todos, como huérfanos que han perdido a
su padre, se consuelan y conforman sólo con su recuerdo,
guardando al mismo tiempo con cariño sus palabras de admonición
y consejo.
MUERTE DE ANTONIO
Este es el lugar para que les
cuente y ustedes oigan, ya que están deseosos de ello, como fue
el fin de su vida, pues en esto fue modelo digno de imitar.
Según su costumbre, visitaba a los
monjes en la Montaña Exterior. Recibiendo una premonición de su
muerte de parte de la Providencia, habló a los hermanos: "Esta
es la última visita que les hago y me admiraría si nos volvemos
a ver en esta vida. Ya es tiempo de que muera, pues tengo casi
ciento cinco años". Al oír esto, se pusieron a llorar, abrasando
y besando al anciano. Pero él, como si estuviera por partir de
una ciudad extranjera a la suya propia, charlaba gozosamente.
Los exhortaba a "no relajarse en sus esfuerzos ni a desalentarse
en las práctica de la vida ascética, sino a vivir, como si
tuvieran que morir cada día, y, como dije antes, a trabajar duro
para guardar el alma limpia de pensamientos impuros, y a imitar
a los pensamientos santos. No se acerquen a los cismáticos
melecianos, pues ya conocen su enseñanza perversa e impía. No se
metan para nada con los arrianos, pues su irreligión es clara
para todos. Y si ven que los jueces los apoyan, no se dejen
confundir: esto se acabar , es un fenómeno que es mortal y
destinado a su fin en corto tiempo. Por eso, manténganse limpios
de todo esto y observen la tradición de los Padres, y sobre
todo, la fe ortodoxa en nuestro Señor Jesucristo, como lo
aprendieron de las Escrituras y yo tan a menudo se los recordé".
Cuando los hermanos lo instaron a
quedarse con ellos y morir allí, se rehusó a ello por muchas
razones, según dijo, aunque sin indicar ninguna. Pero
especialmente era por esto: los egipcios tienen la costumbre de
honrar con ritos funerarios y envolver con sudarios de lino los
cuerpos de los santos y particularmente el de los santo
mártires; pero no los entierran sino que los colocan sobre
divanes y los guardan en sus casas, pensando honrar al difunto
de esta manera. Antonio a menudo pidió a los obispos que dieran
instrucciones al pueblo sobre este asunto. Asimismo avergonzó a
los laicos y reprobó a las mujeres, diciendo que "eso no era
correcto ni reverente en absoluto. Los cuerpos de los patriarcas
y los profetas se guardan en las tumbas hasta estos días; y el
cuerpo del Señor fue depositado en una tumba y pusieron una
piedra sobre él (Mt 27,60), hasta que resucitó al tercer día".
Al plantear así las cosas, demostraba que cometía error el que
no daba sepultura a los cuerpos de los difuntos, por santos que
fueran. Y en verdad, ¿qué hay más grande o más santo que el
cuerpo del Señor? Como resultado, muchos que lo escucharon
comenzaron desde entonces a sepultar a sus muertos, dieron
gracias al Señor por la buena enseñanza recibida.
Sabiendo esto, Antonio tuvo miedo
de que pudieran hacer lo mismo con su propio cuerpo. Por eso,
despidiéndose de los monjes de la Montaña Exterior, se apresuró
hacia la Montaña Interior, donde acostumbraba a vivir. Después
de pocos meses cayó enfermo. Llamó ó a los que lo acompañaban
–había dos que llevaban la vida ascética desde hacía quince años
y se preocupaban de él a causa de su avanzada edad–, y les dijo:
"Me voy por el camino de mis padres, como dice la Escritura (1 R
2,2; Js 23,14), pues me veo llamado por el Señor. En cuanto a
ustedes estén en guardia y no hagan tabla rasa de la vida
ascética que han practicado tanto tiempo. Esfuércense para
mantener su entusiasmo como si estuvieran recién comenzando. Ya
conocen a los demonios y sus designios, conocen también su furia
y también su incapacidad. Así, pues, no los teman; dejen mas
bien que Cristo sea el aliento de su vida y pongan su confianza
en El. Vivan como si cada día tuvieran que morir, poniendo su
atención en ustedes mismos y recordando todo lo que me han
escuchado. No tengan ninguna comunión con los cismáticos y
absolutamente nada con los herejes arrianos. Saben como yo mismo
me cuidé de ellos a causa de su pertinaz herejía en contra de
Cristo. Muestren ansia de mostrar su lealtad primero al Señor y
luego a sus santos, para que después de su muerte los reciban en
las moradas eternas (Lc 16,9), como a mis amigos familiares.
Grábense este pensamiento, téngalo como propósito. Si ustedes
tienen realmente preocupación por mí y me consideran su padre,
no permitan que nadie lleve mi cuerpo a Egipto, no sea que me
vayan a guardar en sus casas. Esta fue mi razón para venir acá,
a la montaña. Saben como siempre avergoncé a los que hacen eso y
los intimé a dejar tal costumbre. Por eso, háganme ustedes
mismos los funerales y sepulten mi cuerpo en tierra, y respeten
de tal modo lo que les he dicho, que nadie sino sólo ustedes
sepa el lugar. En la resurrección de los muertos, el Salvador me
lo devolver incorruptible. Distribuyan mi ropa. Al obispo
Atanasio denle la túnica y el manto donde yazgo, que él mismo me
lo dio pero que se ha gastado en mi poder; al obispo Serapión
denle la otra túnica, y ustedes pueden quedarse con la camisa de
pelo. Y ahora, hijos míos, Dios los bendiga. Antonio se va, y no
esta más con ustedes".
Después de decir esto y de que
ellos lo hubieron besado, estiró sus pies; su rostro estaba
transfigurado de alegría y sus ojos brillaban de regocijo como
si viera a amigos que vinieran a su encuentro, y así falleció y
fue a reunirse con sus padres. Ellos entonces, siguiendo las
órdenes que les había dado, prepararon y envolvieron el cuerpo y
lo enterraron ahí en la tierra. Y hasta el día de hoy, nadie,
salvo esos dos, sabe donde está sepultado. En cuanto a los que
recibieran las túnicas y el manto usado por el bienaventurado
Antonio, cada uno guarda su regalo como un gran tesoro. Mirarlos
es ver a Antonio y ponérselos es como revestirse de sus
exhortaciones con alegría.
Este fue el fin de la vida de
Antonio en el cuerpo, como antes tuvimos el comienzo de la vida
ascética. Y aunque este sea un pobre relato comparado con la
virtud del hombre, recíbanlo, sin embargo, y reflexionen en que
caso de hombre fue Antonio, el varón de Dios. Desde su juventud
hasta una edad avanzada conservó una devoción inalterable a la
vida ascética. Nunca tomó la ancianidad como excusa para ceder
al deseo de la alimentación abundante, ni cambió su forma de
vestir por la debilidad de su cuerpo, ni tampoco lavó sus pies
con agua. Y, sin embargo, su salud se mantuvo totalmente sin
perjuicio. Por ejemplo, incluso sus ojos eran perfectamente
normales, de modo que su vista era excelente; no había perdido
un solo diente; sólo se le habían gastado las encías por la gran
edad del anciano. Mantuvo las manos y los pies sanos, y en total
aparecía con mejores colores y más fuerte que los que usan una
dieta diversificada, baños y variedad de vestidos.
El hecho de que llegó a ser famoso
en todas partes, de que encontró admiración universal y de que
su pérdida fue sentida aún por gente que nunca lo vio, subraya
su virtud y el amor que Dios le tenía. Antonio ganó renombre no
por sus escritos ni por sabiduría de palabras ni por ninguna
otra cosa, sino sólo por su servicio a Dios.
Y nadie puede negar que esto es
don de Dios. ¿Cómo explicar, en efecto, que este hombre, que
vivió escondido en la montaña, fuera conocido en España y Galia,
en Roma y África, sino por Dios, que en todas partes hace
conocidos a los suyos, que, más aún, había dicho esto en los
comienzos?. Pues aunque hagan sus obras en secreto y deseen
permanecer en la oscuridad, el Señor los muestra públicamente
como lámparas a todo los hombres (Mt 5,16), y así, los que oyen
hablar de ellos, pueden darse cuenta de que los mandamientos
llevan a la perfección, y entonces cobran valor por la senda que
conduce a la virtud.
EPÍLOGO
Ahora, pues, lean a los demás
hermanos, para que también ellos aprendan cómo debe ser la vida
de los monjes, y se convenzan de que nuestro Señor y Salvador
Jesucristo glorifica a los que lo glorifican. El no sólo conduce
al Reino de los Cielos a quienes lo sirven hasta el fin, sino
que, aunque se escondan y hagan lo posible por vivir fuera del
mundo, hace que en todas partes se lo conozca y se hable de
ellos, por su propia santidad y por la ayuda que dan a otros. Si
la ocasión se les presenta, léanlo también a los paganos, para
que al menos de este modo puedan aprender que nuestro Señor
Jesucristo es Dios e Hijo de Dios, y que los cristianos que lo
sirven fielmente y mantienen su fe ortodoxa en El, demuestran
que los demonios, considerados dioses por los paganos, no son
tales, sino que, más aún, los pisotean y ahuyentan por lo que
son: engañadores y corruptores de hombres.
Por nuestro Señor Jesucristo, a
quien la gloria por los siglos. Amén
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